

Hay dos manifestaciones de la palabra en las que la intención es primordial: el lenguaje político y el lenguaje amoroso (sea o no sea esta un lenguaje también poético). En el ejercicio de la política el lenguaje es necesario, es el canal de transmisión indispensable para conformar un contrato entre el elector y el elegido y, por lo tanto, la manifestación del mismo y, en adelante, si se da el caso, la manipulación del mismo son notorios. No es lo mismo decir “tenemos futuro” que decir “podemos tener futuro”. La utilización fraudulenta del lenguaje en este ambiente es evidente y verbos como ‘construir’, ‘pactar’, ‘votar’, ‘declarar’, han perdido todo el sentido de su acción, puesto que el receptor ya no les da la verdadera acepción del Diccionario, sino que les atribuye un sentido figurado e irrisorio que antes no tenían.

En el lenguaje amoroso “querer” no tiene matización: un padre puede querer tanto a la esposa como a los hijos, de forma diferente o con distinta intensidad, pero el lenguaje no diferencia. Tampoco (creo yo) es lo mismo “querer” que “amar” e, incluso, no existe una palabra estándar para definir la mera “pulsión sexual”, puesto que el sentido escabroso o grotesco atribuido a los verbos al uso inciden en que se consideren tacos.
Espero pues, una auténtica dedicación al lenguaje en 2010.
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