
Las redes sociales nos permiten, hoy, saber de gente de la que desde hace bastante tiempo uno apenas sabe. Recuerdo que la última vez que me puse en contacto con Ruth Arroyo, que anda por Barcelona, para abreviar, como es lógico cuando vamos a tope, me dijo “pon mi nombre en google”; y, efectivamente, aparece su vida y milagros desde que fuimos juntos a 2º B en el Instituto Beatriz Galindo de Madrid hasta hoy, 2010. Otro tanto, pongo por caso, sucede con Ana Sánchez de Toca, Estela Prádanos... o conmigo mismo, que el no tener noticias es recíproco. La verdad es que hay algo positivo y algo negativo en todo ello: por un lado lo positivo te hace ver la evolución de la gente que, en líneas generales, ha desarrollado carreras profesionales meritorias (hasta donde la jodida crisis nos permite) y, lo malo, es que de un modo u otro te metes en la privacidad de otros que, por algo será, no han dado señales de vida en doce o trece años. Muchos aceptamos con alegría la aparición de los viejos compañeros de clase pero, me barrunto, otros no verán con tan buenos ojos volver a saber de gente que habitaba sepultada en el olvido. En definitiva, y en mi opinión, el tiempo es una línea continua que avanza incesantemente y que, bien llevada, no mira atrás, especialmente si en la vida te ha ido bien. Creo que hay que apostar por el presente, que también tiene dificultades, porque tomarse un café con Mamen, con Carmen, con Dolores es más difícil que la probabilidad de que te toque el gordo de Navidad.







