17 de febrero de 2012

Carta abierta contra la falta de respeto



Vengo sosteniendo desde hace mucho tiempo que al hilo de la profunda crisis económica que vive España existe en la sociedad española, al menos, una crisis de valores y una crisis ética y/o moral (como le queramos llamar) que si no resuelve al mismo tiempo que los problemas económicos no hará de la española una sociedad más fuerte y más competitiva.

Del mismo modo, como consecuencia del desarrollo de las nuevas tecnologías, algo por lo que deberíamos felicitarnos, nace aún más una falta de respeto supino que empieza a preocupar a quienes tenemos la obligación de educar a la sociedad (mientras los políticos no rompan la baraja de una Educación pública y de calidad y la conviertan en elitista y privada).

Pero… voy al grano. No puedo soportar a la gente que cuando se entrevista con otra y le suena el teléfono lo coge, inicia una conversación paralela y anula al interlocutor que tiene junto a sí. No puedo soportar a toda esa gente que se pasa el día entero en las redes sociales y después se queja de que ‘no se entera de nada’ porque no le han informado, porque no le han dicho nada o porque no ha leído nada (en prensa o donde quiera que sea). No puedo soportar a toda esa gente que, siendo un ente social individual y perteneciente a un grupo, no deja de relacionarse con suma facilidad por las redes sociales pero no sale a la calle ni es competente en el cara a cara.

Tampoco entiendo, y voy a más, a esa gente que practica el culto al egocentrismo y a la imagen. Esas niñatas del tres al cuarto que han nacido en un pueblo de clase media, por ejemplo, que han viajado dos o tres veces a una capital mediana como Murcia o Albacete y, a su vuelta, miran por encima del hombro a todo el que le rodea, iguales inter pares. Conozco el caso de una chica, incluso, que se ha mimetizado tanto con el destino final que ha adoptado en pocos años un acento dialectal meridional que hasta bien entrada su juventud no tenía, quizás para borrar el rastro de su pertenencia a una familia humilde de clase media baja. ¿Y cuando se traiga a casa al novio al que le hurta la realidad: qué le dirá? ¿No había nadie para decirle que eso es perder el respeto a sus raíces, las familiares incluidas?

Hay cosas que se pueden entender, otras no, pero que uno se autotitule más que otro me repatea. Vamos, por último, con los pseudo-profesionales: ‘Yo soy un profesional’, dice el que no se le pide eso como carta de presentación, pero al creerse profesional de algo no acepta sugerencias o críticas (lo cual engrandece y hace aprender: a mí hasta los alumnos en clase me han corregido cuando he estado equivocado) sino que ‘impone’ su criterio, como el Caudillo en aquella España del pasado. Y cuando uno les va con argumentos, se enfadan y no respiran.

Como decía Unamuno: “más Cultura”.

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