26 de septiembre de 2016

La muchacha del Circo

Cuando era niño, a la ciudad venía muy de vez en cuando el Circo, que yo pensaba que era diferente cada año. Lo cierto es que un una ciudad pequeña de provincias, con dos canales de televisión en blanco y negro, la diversión infantil era escasa más allá de los juegos callejeros. No sé bien qué año llegó uno de esos circos, diferente a los de la televisión; los niños lo cogíamos con gusto, aunque a mí no me pagaron nunca la entrada y debí conformarme en aquella ocasión con verlo todo desde fuera, sin el estrépito de voces y de risas, sin trapecistas, sin payasos, sin nada. En aquel circo vivía una chica rubia de mi edad, de la edad que contábamos todos los niños que formábamos mi pandilla; una chica que nos resultó divina, heróica, con su halo de misterio; quizás la hija del fakir o la del trapecista, o incluso la hija de la taquillera, no sé. Una tarde entera jugó con nosotros y creo que nos enamoramos de ella -yo, muy posiblemente- y, además, intentamos jugar con ella las dos o tres siguientes tardes que duró la tournée rural. Se decía que se había hecho novia de alguien, mas no de mí y aquello supongo que pudo ser mi primera frustración... El caso es que la muchacha jamás volvió por la localidad y ahora, años después, cuando se anuncia un circo en el mismo lugar, pienso en si quizás la trapecista será ella, o tuvo hijos y se retiró, o estudió algo, o se fue a vivir al extranjero... Ella desapareció, pero el circo sigue aquí.