por Irene Rodríguez Aseijas.
La isla del todo vale. La isla guapa en la que posar. El escenario cool de la Flower Party. El zoom perfecto para los yates. Las revistas del corazón. Las portadas luminiscentes. Las tiendas exclusivas encaladas… De portada. De cerca, la realidad cambia. He visto tetra bricks. He visto pañales, cleenex, botellas, esquileros, zapatillas, bidones, condones, más botellas, más pañales, colillas en cantidades industriales, zapatillas. Cala Llenya, Cala Nova, Aguas Blancas, Cala Mastella… absorbiendo indefensos nuestra mierda. Un tsunami de basura arrojada cada día con desvergüenza, alevosía e impunidad. Una monumental carga de desperdicios que, a diario, lanzan los turistas y esos yates tan chulos del aparentar. Tanta basura. En tanta cantidad. Destrozando el paraíso. Porque sí. He visto ingleses y alemanes y franceses y españoles ultrajando con desvergüenza rincones de una belleza natural conmovedora . Familias. Niños. No borrachos, ni pasados de pastillas del Space: Familias. Adultos con hijos. Hijos con otros hijos. Jóvenes, viejos …Y me pregunto ¿Quién coño nos creemos? ¿Dónde están las autoridades, más preocupadas en asegurar que la bandera que hondee en Dalt Vila sea la apropiada? ¿En qué momento enterramos para siempre la educación? ¿Cuándo decidimos que en España todo vale? Que no hay nada que hacer ¿Por qué nadie parece alarmarse, revelarse, alzar la voz? ¿Dónde están esos hippies de las Dalias? ¿Qué les importa su isla?
Los vertidos del petróleo en el Golfo de Méjico, la contaminación de las industrias, los hidrocarburos. El video de Al Gore. Todo eso está muy bien. Pero por debajo de esa gran contaminación masiva y alarmante, hay otra doméstica, igual de terrible y constante, de la que nadie se ocupa. Una que sí depende de nosotros. Que nos pasamos a diario por el forro. Pañales sucios, compresas, botellas, latas, mecheros, profilácticos… abandonados al sol.
Escribo estas líneas con vergüenza. Con rabia. También con asombro. Sin esperanza. Y quizá eso sea lo peor de todo. Las escribo porque siento que se las debo a Ibiza, al mar, a la arena. Y con Ibiza, a todos esos otros rincones maltratados, repartidos por nuestras costas, nuestros bosques, nuestros ríos y pantanos. Porque no podía volver y olvidarlo, dejarlo correr, guardar silencio, pasar a otra cosa. Esperar a olvidarlo, anestesiada por las fotos del espectáculo que no muestran los detalles. Las escribo porque, aunque sólo sea eso, no quiero alimentar más mi vergüenza.
No tengo esperanza. Pero tal vez mi esperanza no cuente.
Irene R. Aseijas,17 de agosto 2010.