12 de junio de 2011

"La chica del Instituto"



Mary Douglas era la hija del rico del pueblo -hace veinte años-, cuando yo estudiaba en un instituto de Iowa y como todos mis compañeros estaba profundamente enamorado de ella. Lo malo es que yo no era como los otros: no hacía deporte alguno ni me gustaba la misma música ni siquiera iba con ellos por las tardes al río, en donde se reunían todos. Yo pertenecía al club de lectura de la escuela secundaria -compuesto de tres o cuatro empollones- y después de las clases me iba a casa; algunas veces, incluso, ayudaba a mi padre en la ferretería. Se puede decir que desde el principio se daba por hecho en clase que Mary me rechazaría, como finalmente ocurrió. Aquello hizo que sufriera una terrible depresión, de la que me recuperé tres meses después cuando todos iban ya a la Universidad y se habían desperdigado a lo largo de los Estados Unidos. Un día Malcolm Hustings, un inglés estirado que estudiaba matemáticas en Oxford cuando yo hacía allí mi carrera en letras -becado por una institución protestante-, me dijo que nadie se acordaría nunca de mí "salvo que salgas en las enciclopedias". Me hice escritor y gané el Pulitzer; escribí guiones de cine en Hollywood y me dieron un Óscar; me casé y me divorcié con una conocida modelo y salí durante semanas en las revistas más importantes; y ahora aspiro a un premio internacional por un ensayo mío sobre el mundo actual. Se puede decir que quise joder a Mary haciéndome famoso y saliendo en la enciclopedia, no con el propósito de que ella se lanzara a mis brazos, sino para que sufriera por haber cometido un inmenso error durante su adolescencia en Iowa; o lo que en mi interior sólo yo consideraba un error, contra la opinión de los demás, incluida ella. Ayer estaba tomando un café en un Sturbucks de Long Island cuando creí ver a Mary; eso sí, algo mayor, más gordita (ya no era aquella joven hermosa de largos cabellos) y vestida como una de esas ejecutivas de la Gran Manzana que aparecen en algunas novelas de mi querido amigo Paul Auster. Y entonces pensé en lo estúpidos que somos los hombres intentando conseguir propósitos absurdos que no conducen a nada: ¿por qué sigo pensando en Mary Douglas si murió en mi mente hace veinte años?

1 comentario:

ana lema dijo...

me gusta! saludos dde Argentina!