1 de junio de 2012

"Una mujer fatal..."


En España también, os lo digo ya y claro. En Iberia también hay mujeres fatales, ya lo decía hace un porrón de años Enrique Jardiel Poncela, que era un genio y un sabio. Tengo que reconocerlo y afirmarlo: el asfalto del Madrid, los campos de La Mancha... están poblados de mujeres fatales, hombres de bar, gente pasiva y un Sol de justicia, sobre todo en verano. Hay veces que me subo en mi viejo Mercedes chirriante, de principios de los ochenta, y viajo a algún lugar lejano: en estos tiempos de crisis quien te contrata es aquel que cree que le roban sus trabajadores, el seguro que afirma que el incendio fue intencionado, el marido cornudo o la mujer burlada. Vamos, como siempre, pero con más ganas. Bajo la ventanilla y mientras me llevo un cigarrillo a la comisura de los labios veo en una gasolinera sus ojazos (me los imagino, of course) y el pelo negro rizado que la caracteriza. Frenazo en seco: he decidido tomar un café. La inercia: auto rojo, matrícula xxxx y todo eso. Llamo a mi enlace: "oye tú, mírame esta matrícula, pero ya... xxxx"; "joder tío, que uno de estos días me pillan en Comisaría y verás"; "bueno, déjate de charlas y búscala que más me debes tú". Diez minutos después flipo con la propietaria... y entonces me digo que voy a pegar la hebra con ella, porque uno será detective y todo eso, pero tiene conversación y si uno quiere ser simpático, pues... Y entonces me doy cuenta de que está muy bien la muchacha pero tiene ojos de mujer fatal. Como todas, me digo mientras suelto una colilla, me subo al Benz y tiro para Valencia... a treinta grados ya. 

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