3 de noviembre de 2018

WhatsApp

Suena de fondo un viejo himno de los noventa, Me and You, de Alexia y vienen a la memoria aquellos tiempos en que era imprescindible cruzar medio Madrid para tomarse algo en el Café Comercial de la glorieta de Bilbao; sí, aquellos idus en los que hablar con alguien duraba horas, pero cara a cara, palabra a palabra. Cuando sentarse en la biblioteca junto a la compañera que te gustaba llevaba el aliciente de pasarte junto a ella todo un día; eso sí, rodeado de libros, esos artefactos llenos de conocimiento y de soluciones... Aquí y ahora existe whatsapp, esa aplicación que debería conectar a las personas y que, sin embargo, las distancia: como esos alumnos que lo miran por debajo de la mesa, hasta que el profesor pregunta que a quién se escribe a las 8:35 de la mañana. Esa herramienta -como se le llama- nos sirve a todos, no nos engañemos: para hablar, para animar, para enviar apoyo, para estar al día con gente que vive a kilómetros... y sirve también a otros para marcar distancias, porque un iPad en la mano te da el poder para establecer las clases en que se dividen los contactos, eso se ve en las soberbias miradas de unos pocos. El whatsapp le sirve a uno -pongo por caso- para perder su tiempo en enviar mensajes de amistad, de apoyo; para arrancar una sonrisa, para estar, además de ser; para ser social, como debe resultar en sociedad... y eso, aunque haya dedos que no respondan, como decía, que soberbia existe desde la antigua Roma, o desde Grecia... vaya usted a saber. Lo que no tiene el whatsapp, lo que le falta, lo que jamás tendrá, sinceramente, es la facilidad de poder acercarte y dar un beso en los labios a otra persona; así de evidente, como en aquella biblioteca, "de esos apretaos", como decía también otra canción de los noventa.

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