
Iba esta tarde a pagar Tenían veinte años y estaban locos, de Luna Miguel, cuando de pronto le correspondía atenderme a Irene, una antigua compañera en El Corte Inglés. Detrás de su sonrisa me pregunta: “¿Estás de puente?”; insulso, respondo: “¿y tú, trabajas mañana?” Sigue siendo la chica hermosa, sonriente y más competente del mundo comercial que conozco. “La próxima vez me paso en tu descanso y tomamos café”, le respondo, abono los quince euros de la antología y recuerdo que mañana he quedado a comer con Amanda, otra ex compañera del mismo sitio, pero con ella hablaré más tendido y más largo sobre teatro, porque le estoy escribiendo un papel en una obra y espero también poder adaptarle algún clásico.
Recorrer el barrio es un ejercicio de paseo. Demasiada gente callejeando, amplias avenidas, comercios in, mucha niña mona pululando y mezcla cosmopolita de gentío. Estaba pensando, Goya abajo, que Mamen aún no ha intentado convertirme a otra cosa, es decir, no se ha propuesto modificar (para que vote su opción) esa atávica pose de niño pijo -aunque ahora con unas deportivas antisistema: llevan una estrella roja de cinco puntas- que algunos me echan. Mucho ejecutivo, chicas de piernas largas y ojos de mujer fatal, carritos de bebé. En una terraza, de esas que sobreviven en noviembre, una joven se maquilla al ritmo del café; en la mesa conjunta una ejecutiva joven habla con un viejales de pelo blanco que lo mismo es su padre, el jefe o un amante banquero, eso pasa en el barrio. Está claro que la tipa que veo más adelante es una rubia yanqui, por la forma de andar y por el megatamaño de café del Sturbucks que se ha pedido. Otra joven, a la que acompaña un chico alto, parece la actriz Cecilia Freijeiro, pero no, por desgracia compruebo que no…
Me paro, como siempre, ante el cine y, algo avanzados mis pasos, después de comprar un décimo de Navidad miro el escaparate de una librería. Novedades insulsas: aún trepan los que saben de sábanas santas y santos griales. Biografías de los candidatos: Rajoy perdido, Rubalcaba mirando no sé dónde y Rosa Díez demasiado sonriente. Lo último de los in, alguna vieja gloria que despunta en bolsillo. Una chica que pasa junto a mí se me asemeja a Mamen y quien la acompaña podría ser, igualmente, un alter ego de Esther, pero no son ninguna de las dos: más bien chicas del barrio de Salamanca, con móviles de última generación y bolsos demasiado enormes y demasiado feos.
Cuando llego a casa pienso que, en el fondo, no ha cambiado tanto la cosa en el barrio de Salamanca desde que en él vive Luis Alberto de Cuenca, y yo también, aunque ahora menos.
Recorrer el barrio es un ejercicio de paseo. Demasiada gente callejeando, amplias avenidas, comercios in, mucha niña mona pululando y mezcla cosmopolita de gentío. Estaba pensando, Goya abajo, que Mamen aún no ha intentado convertirme a otra cosa, es decir, no se ha propuesto modificar (para que vote su opción) esa atávica pose de niño pijo -aunque ahora con unas deportivas antisistema: llevan una estrella roja de cinco puntas- que algunos me echan. Mucho ejecutivo, chicas de piernas largas y ojos de mujer fatal, carritos de bebé. En una terraza, de esas que sobreviven en noviembre, una joven se maquilla al ritmo del café; en la mesa conjunta una ejecutiva joven habla con un viejales de pelo blanco que lo mismo es su padre, el jefe o un amante banquero, eso pasa en el barrio. Está claro que la tipa que veo más adelante es una rubia yanqui, por la forma de andar y por el megatamaño de café del Sturbucks que se ha pedido. Otra joven, a la que acompaña un chico alto, parece la actriz Cecilia Freijeiro, pero no, por desgracia compruebo que no…
Me paro, como siempre, ante el cine y, algo avanzados mis pasos, después de comprar un décimo de Navidad miro el escaparate de una librería. Novedades insulsas: aún trepan los que saben de sábanas santas y santos griales. Biografías de los candidatos: Rajoy perdido, Rubalcaba mirando no sé dónde y Rosa Díez demasiado sonriente. Lo último de los in, alguna vieja gloria que despunta en bolsillo. Una chica que pasa junto a mí se me asemeja a Mamen y quien la acompaña podría ser, igualmente, un alter ego de Esther, pero no son ninguna de las dos: más bien chicas del barrio de Salamanca, con móviles de última generación y bolsos demasiado enormes y demasiado feos.
Cuando llego a casa pienso que, en el fondo, no ha cambiado tanto la cosa en el barrio de Salamanca desde que en él vive Luis Alberto de Cuenca, y yo también, aunque ahora menos.














