31 de octubre de 2011

"Barrio de Salamanca"





Iba esta tarde a pagar Tenían veinte años y estaban locos, de Luna Miguel, cuando de pronto le correspondía atenderme a Irene, una antigua compañera en El Corte Inglés. Detrás de su sonrisa me pregunta: “¿Estás de puente?”; insulso, respondo: “¿y tú, trabajas mañana?” Sigue siendo la chica hermosa, sonriente y más competente del mundo comercial que conozco. “La próxima vez me paso en tu descanso y tomamos café”, le respondo, abono los quince euros de la antología y recuerdo que mañana he quedado a comer con Amanda, otra ex compañera del mismo sitio, pero con ella hablaré más tendido y más largo sobre teatro, porque le estoy escribiendo un papel en una obra y espero también poder adaptarle algún clásico.

Recorrer el barrio es un ejercicio de paseo. Demasiada gente callejeando, amplias avenidas, comercios in, mucha niña mona pululando y mezcla cosmopolita de gentío. Estaba pensando, Goya abajo, que Mamen aún no ha intentado convertirme a otra cosa, es decir, no se ha propuesto modificar (para que vote su opción) esa atávica pose de niño pijo -aunque ahora con unas deportivas antisistema: llevan una estrella roja de cinco puntas- que algunos me echan. Mucho ejecutivo, chicas de piernas largas y ojos de mujer fatal, carritos de bebé. En una terraza, de esas que sobreviven en noviembre, una joven se maquilla al ritmo del café; en la mesa conjunta una ejecutiva joven habla con un viejales de pelo blanco que lo mismo es su padre, el jefe o un amante banquero, eso pasa en el barrio. Está claro que la tipa que veo más adelante es una rubia yanqui, por la forma de andar y por el megatamaño de café del Sturbucks que se ha pedido. Otra joven, a la que acompaña un chico alto, parece la actriz Cecilia Freijeiro, pero no, por desgracia compruebo que no…

Me paro, como siempre, ante el cine y, algo avanzados mis pasos, después de comprar un décimo de Navidad miro el escaparate de una librería. Novedades insulsas: aún trepan los que saben de sábanas santas y santos griales. Biografías de los candidatos: Rajoy perdido, Rubalcaba mirando no sé dónde y Rosa Díez demasiado sonriente. Lo último de los in, alguna vieja gloria que despunta en bolsillo. Una chica que pasa junto a mí se me asemeja a Mamen y quien la acompaña podría ser, igualmente, un alter ego de Esther, pero no son ninguna de las dos: más bien chicas del barrio de Salamanca, con móviles de última generación y bolsos demasiado enormes y demasiado feos.

Cuando llego a casa pienso que, en el fondo, no ha cambiado tanto la cosa en el barrio de Salamanca desde que en él vive Luis Alberto de Cuenca, y yo también, aunque ahora menos.

26 de octubre de 2011

A Usted, señorita




Es y será imposible mientras habites el silencio, el escurridizo deseo de burlar la verdad y la vida. Ese silencio instante que ya no se produce; esas noches de hastío entre la necesidad de encontrarnos y de huirnos. Es y será imposible todo esto, pese a lo mucho que mutuamente nos queremos. Es una opción arriesgada; un juego de cartas fatal en el únicamente nos vale el todo o nada. Hace tiempo que he querido huir de ti, irremediablemente; esos envenenamientos que me llegan, que me dicen que salga huyendo allí donde el aire me lleve, allí donde cada instante, pese a tu recuerdo, sea lejano. Y no, cuanto más te busco más me huyes y cuando la paz me domina te me vienes como enjambre y me pides ruido. No sé si de verdad te quiero o no, es difícil saberlo en ti, pero a nadie he dado tanto, óyelo, a nadie. Sólo o a vos o a la nada.

Te viniste a mí tan de repente que apenas pude digerirte. Me costó decir ‘te quiero’. Y del mismo modo te me largas, sin recuerdo ni rastro ni sonido alguno que me valga. Fuiste tú la única persona a la que mostré algún sentimiento que ahora pienso guardar hasta el final, sin que nadie ya lo conozca. Tú y tu divino verbo; tú, y tus labios eternos. Tú, esa tormenta helada.

No podrá ni el tiempo ni el sonido ni el silencio ni el desdén. A cada paso irás conmigo y yo iré contigo. Nunca pasan las cosas por nada, como aquel día que vi todo aquello que eres tú, sonrisa alada y memoria y emoción y sinsentido. Tú y yo y nada.

A Usted, de nuevo y siempre.

"Mis alumnas norteamericanas..."


Para todos los de Dartmouth College.


La primera vez que impartí una clase universitaria, hace ahora diez años, fue en un lugar muy frío de Norteamérica, casi pisando la raya canadiense. En unas clases al uso, poco habituales en el cine: no, no es eso. Mis estudiantes tenían por aquel entonces entre dos y cuatro años menos que yo, es decir, eran de mi propia generación y como tal me trataban, aunque con la corrección que les infundía saber que la calificación la ponía yo y que algunos de ellos, si no sacaban el maldito 7 perdían la beca. Aún tengo las fotos: todos, incluido yo muy sonrientes, muy jóvenes, muy alegres, carentes de quebraderos de cabeza.

Aunque ha pasado el tiempo y las nuevas tecnologías que no dominamos nos han traído Facebook, en donde habitan algunos de ellos, sus caras siguen siendo las mismas. Ya trabajan, se abren hueco en la inmensa vida que es Estados Unidos; todos y cada uno en parcelas que yo ya me recelaba por entonces; incluso con sorpresas agradables en muchos casos. Están en la treintena y el College les queda, como a mí, en la prehistoria. Nada más; es el tiempo que pasa.

Incluso me he dado cuenta que algunas de mis alumnas ya tienen hijos… ¡qué recuerdos!

25 de octubre de 2011

"Aquella muchacha"



Aquella mañana, mientras anudaba mis cordones, descubrí la verdad: a veces soy demasiado frío, lo reconozco, pero me han entrenado así para ello.


"Te toca entrar ahí y sacarle algo a esa cabrona", me dijo Mike algo después en el Centro. "¿A quién?, y oye, buenos días tío, que no me dejas ni engullir el café", le respondí con la misma simpatía -entonces se decía de él que estaba divorciándose. Dejé el arma, porque aunque se vea en muchas películas, a la Sala hay que entrar desarmado o algún jodido abogado te mete en un lío: ya se sabe, que si coacción que si amedrentamiento, todo eso.


Jennifer McCain, diecinueve años, pelo castaño, universitaria. En su fraternidad había muerto otra chica el día anterior, cuando Mike y yo andábamos de servicio. Y como los papás de muchas de las niñatas del lugar son congresistas o senadores, nos llamaron a los de la Agencia. Pero cuando llegamos estaban los del sitio, los metomentodos del FBI y nosotros; vaya, que se esfumaron pistas por un tubo. O se hizo adrede o somos tontos, pensé en aquel momento.


"Yo no he hecho nada, no sé por qué me tienen aquí", dice la señorita cuando me ve. Miro el estadillo, con todos sus trapos sucios -en eso el FBI sí funciona bien, mejor que nosotros-. "O sea, que te va la maría, el bourbon y lo tercero; y cuando murió Kelly no recuerdas dónde estabas... ¿no te parece sospechoso, Jenny?", le dije suavemente. Dice el manual que la bordería tiene que empezar a los cinco minutos.


Suena mi móvil. "Tú, que te ha llamado un tía desde España, para hablar no sé qué contigo, de tu pueblo, creo; pero le he dicho que estás ocupado, así que como no confiese la guarra esa no sales de ahí tú tampoco", vuelve a ser simpático Mike, ¿o no? A saber quién sería. Total que, como a duras penas le saqué algo y se echó a llorar, entró la sicóloga, que eso tampoco sale en la tele.


"Bueno, ¿y tú por qué no me pasaste la llamada de España?", le dije a Mike. "Esa no te conviene, te lo digo yo a partir de su voz", añade el gilipollas de Mike. A ver cuándo alguien me dice que la chica en que me he fijado me conviene.

24 de octubre de 2011

"Camisetas verdes: defensa de la Educación"




España es un país que adolece de muchos defectos, muchos de ellos de siglos. No obstante, tiene algo encomiable: el sistema público educativo y el sistema público sanitario. Ahora, en 2011, ambos sistemas se ven en retroceso por aquello que se viene a denominar ‘recortes’ y que no son más que argumentos para poner en peligro la calidad de la enseñanza y, a medio plazo, harán que los logros que hemos de obtener estén mucho más lejanos.

Yo no defiendo la Educación Pública porque me lo pidan los sindicatos, tampoco respondo a consignas políticas; no soy sospechoso de antisistema ni pertenezco a grupo alguno que no esté dentro de la legislación vigente. Eso sí, siempre he estudiado en instituciones públicas hasta leer mi Tesis Doctoral. Y siempre he sido docente en centros públicos, a excepción de una estadía en 2002 en un College norteamericano. Al contrario que los asesores políticos, yo tengo por costumbre pensar por mí mismo: hasta el momento nadie me ha tenido que imponer posición alguna en casi ningún aspecto cotidiano.

Tampoco con esto pretendo ni quiero mover el voto de nadie en las próximas elecciones: allá cada cual con su conciencia electoral. Pero de lo que sí que voy a hablar es de la Educación Pública, que considero un pilar básico e importante de la sociedad española.

En España, desde Isabel II -habrá que recordar a Claudio Moyano- el objetivo social es que todo los niños del país estudien, y para ello era imprescindible institucionalizar la Educación, que pasa por la igualdad: es decir, que todos estudien en las mismas condiciones con las mismas oportunidades y, por ello, habrá que poner los medios al alcance de todos, colegios y profesores también. Durante la monarquía de Alfonso XIII los gobiernos liberales intentaron que parte del monopolio educativo que estaba en manos de instituciones religiosas cesase para ser el Estado el depositario de la Educación. Se creó, por tanto, el Ministerio de Instrucción Pública. Durante la II República se invirtió en la formación del profesorado, intentado que la capacitación de los docentes permitiera una educación más sólida. Por evolución social, bajo la dictadura se crean un gran número de colegios e institutos, se dispara el número de matriculados en las universidades -y de becas- y se crea la ley de 1970 que hablaba de la EGB y el BUP y el COU. Más tarde, con la democracia, al ministro Maravall, socialista, le hicieron una huelga enorme que permitió equiparar el salario del docente. Ahora, dicen los reinos de taifas que son las regiones, tocan los recortes.

Y dice esto de los recortes gente que -confesado en entrevistas- llevan a sus hijos a centros educativos privados, que merecen todo mi respeto en cuanto a libertad de elección pero que, entiendo yo, al ser centros privados está de más que una comunidad autónoma los subvencione. En este sentido, si se requiere que sea así, El Corte Inglés tendrá derecho a subvención pública, y el Real Madrid, y REPSOL. ¿O en una economía de mercado no puede intervenir el Estado en lo privado? Sigo reflexionando, por mí mismo.

Algunos periodistas faranduleros; esto es, aquellos que estudian para luego hacer méritos que los encumbren a los puestos políticos que les apetezca, salen a decir varias perlas como que sin interinos la calidad de enseñanza está garantizada, que los profesores en España no vestimos acorde o que el bilingüismo en España sólo existe en institutos de la Comunidad de Madrid. La respuesta es obvia: el interino es el que garantiza estabilidad metodológica, la vestimenta -basta verla- está en consonancia con cómo visten otros docentes europeos y bilingüismo, que yo sepa, ni es invento de la Comunidad de Madrid ni está desarrollado sólo allí: Andalucía, Castilla-La Mancha, Navarra, etc.

La Educación es una inversión, no un gasto. O como dijo aquel: si no haces colegios hoy, deberás hacer cárceles mañana. Los profesionales de la Educación Pública están titulados y capacitados pedagógicamente; han pasado una o varias oposiciones importantes; dedican más de 37,5 horas semanales a la docencia y formación permanente; gestionan un entramado educativo de calidad, con atenciones a la diversidad, etc., y han dado grandes beneficios a la sociedad. ¿O es que no resulta que los más importantes científicos e intelectuales españoles provienen de la Educación Pública? Y el futuro es la Educación Pública.

No pueden venir a gestionar y a decir lo que se dice quienes no conocen el sistema público educativo; quienes no escuchan a los profesores; quienes tampoco han entendido el sistema educativo privado norteamericano -en el que trabajé y no está organizado como se piensan- y quienes no han pisado en los últimos años los centros públicos españoles.

No, no me gustan esos recortes. Se está yendo demasiado lejos y hay que rectificar mediante negociación. Porque el cinturón no se lo aprietan nuestros próceres: sueldazos de más de 3000 euros, con su VISA y el móvil pagados por las instituciones regionales. Calculo que hacen falta, en tiempos de crisis, unos 50 millones de euros para pagar sueldos de quienes nos piden que nos apretemos el cinturón, que quienes han de educar o atender sanitariamente se queden en casa -si son interinos- que ellos invertirán en asuntos tan poco razonables como gastos de representación y protocolo.

23 de octubre de 2011

"Mal de amores"




“Mal de amores” para un filólogo es, sencillamente, el desamor: estar enamorado de alguien que no te corresponde o que te correspondió y cuyo sentimiento se ha extinguido. Para un psicólogo el mal de amores es un estado emocional a través del cual al no ser correspondido se produce cierto despecho que va acompañado de malestar sicológico y físico. En cualquier caso todo el mundo sabe de qué estoy hablado, ¿o acaso no lo ha sufrido?

Cuando uno entra en un Instituto el principal problema de un adolescente, por encima de la falta de entendimiento generacional, es el ‘mal de amores’. El centro vital de un joven es la atracción física y emotiva hacia otra persona, llegando incluso a proyectar tal actitud hacia personajes conocidos del cine, la televisión, el deporte, etc. Lo malo comienza cuando al no saber encauzar esos estados -muchas veces carenciales- se producen desarreglos en el orden físico y en el mental, conllevando principalmente una abrupta falta de rendimiento y de atención en el estudio y el aprendizaje adyacente en la propia vida cotidiana. Y más rebeldía, no lo olvidemos.

Por otro lado, los adultos, pese a experimentados (¿Realmente lo estamos? ¿Realmente aprendemos de los desamores anteriores?), siempre sacamos el yo herido cuando la persona por la que se siente uno atraído no corresponde, nos parece caer de nuevo en la misma piedra, como si el mundo fuese cíclico. Otras veces, bien distinto, es la capacidad de paciencia en la convivencia diaria la que lleva a las parejas a romper una relación tras de un tiempo de unión, pero aquí ya no hay ‘mal de amores’, sino otros temas conexos que no vienen al caso.

Escribo esto porque en tiempos de crisis, social y económica al menos, un agente que fomenta problemas de salud y de falta de atención es el amor, entendido en el aspecto del ‘mal de amores’ que, en mi opinión, fue extraordinariamente descrito por Gustavo Adolfo Bécquer en sus Rimas. Por tanto, las caras de pena, de hastío, la dependencia del móvil o del ordenador; la necesidad de una comunicación mediata e inmediata que no necesariamente se tiene o se debe producir, etc.

¿Hay soluciones? Generalmente la madurez, pero… ¿cuándo madura un adolescente? ¿Cuándo ha madurado realmente un adulto? ¿Cuándo ha aprendido uno de sus propios errores? No, no hay medicación ni alcohol ni actitudes que no sean la estricta madurez que sepa combinar una vida diaria ordenada con el conocimiento social de mucha otra gente. Por eso lo pasamos mal, y ahora en crisis, aún más.

22 de octubre de 2011

"Mirar las cosas"



Y a las personas, añado. No es que se deba seguir estrictamente aquella máxima de Germán Areta (el detective landista que creó José Luis Garci en El crack), según la cual hay dos cosas: mirar y mirar. Sino que la naturaleza y todo cuanto nos rodea está ahí mismo y en muchas ocasiones apenas nos fijamos. Un ejemplo: ayer vi a un amigo y mirando en derredor me di cuenta que ya no existía una determinada tienda, a lo que él, mejor informado, me contestó que la habían cerrado en mayo. ¿Cuántas veces he pasado por la antigua puerta de ese comercio y no he reparado que ya no lo es?


Para construir y recontruir la Literatura es preciso y necesario mirar las cosas, indudablemente. Uno refleja aquello que es su medio natural y en el cerebro, me temo que para bien, quedan grabadas las cosas. Apenas se me va de la memoria aquel paisaje de la Nueva Inglaterra norteamericana que habité hace ya unos años; lo miré todo, sin rubor, sin disimulo, como devorando aquello que en ese momento era mi entorno. De ahí que cite cada cosa tal cual estaba en ese instante y para lo que no, me restan las fotografías, que son también una versión edulcorada del mirar.


Del mismo modo recuerdo la primera vez que vi a determinada persona. Hace ya unos años, aunque de tanto mirarla después aquel instante se me ha difuminado, o es que quizás ni siquiera miré bien, solamente "eché un vistazo" que aún perdura. Y así somos todos, salvo que yo lo pongo negro sobre blanco en un Blog y otros me leen e incluso opinan. En este último caso que cito no me canso de mirar y remirar, aunque algunos días no esté del todo conforme con lo que veo.


Si en lugar de hablar tanto miráramos más, calladamente, quizás nos iría mejor, mucho mejor, y realmente conoceríamos mejor las cosas y a las personas.

21 de octubre de 2011

"Says adios, googbye"


¿Es absolutamente estricto permanecer siempre en el mismo punto? ¿Tenemos derecho a evolucionar? ¿Hemos de dejar parte del equipaje en el camino mientras andamos? Intentaré dar mi opinión sobre ello.


1.- Toda persona que no evoluciona social y culturalmente, que permanece estática, no crece, no madura y va dando pasos de gigante en el transcurrir vital, lógico y normal. No se puede tener la misma opinión de La familia de Pascual Duarte de Cela si se lee con quince años o con cincuenta; es más, probablemente hasta lo más lógico y normal es que a los quince años ni siquiera se lea. Por otro lado, el pensamiento social y político no puede ni debe ser el mismo en la adolescencia que en la madurez. Rechazo de plano la frase "el que no es comunista de joven y conservador de viejo es que no ha vivido", porque incluso lo que es hasta saludable es que con quince años se sea comunista o neoliberal, pero en ambos casos lo coherente desde el punto de vista sicológico es que se evolucione hasta la socialdemocracia y el centrismo reformismo. Pasar de un extremo a otro es, sencillamente, dejar de tomar sopa para tomar caldo.


2.- Lo normal es evolucionar, atemperar la visión que uno tiene de las cosas. La sociedad, los medios, el conocimiento, los nuevos estudios... deben permitir a todo ser humano ir viviendo la evolución propia de la sociedad en la que está inmerso, unido todo ello a la propia evolución madurativa, corporal, etc. Tengo para mí que quien da bandazos demasiado extremistas y mantiene el mismo discurso per in aeternam es alguien al que le va bien adoptar una pose, detrás de la cual no hay nada.


3.- En el camino hay que dejar atrás los propios errores, habiendo aprendido de ellos; a las personas nocivas -que son aquellas que no nos dan la importancia (mucha o poco) que tenemos; los aprovechados, como se dice vulgarmente-. En el camino hay que dejar prejuicios. Hay que criticar al que piensa como tú cuando se equivoca, del mismo modo que estamos prestos a criticar al que no piensa como nosotros en cuanto sabemos que se ha equivocado. Sencillamente eso.


¿A qué viene todo esto? Oigo últimamente cómo se desprecian las posturas de los demás, se minimizan o maximalizan según convenga a los discursos sectarios y sesgados; cómo mucha gente hace uso de otras de la forma más sutil, burlándose de que todo quien es un ser humano. Como, sencillamente, se quiere hacer oidos sordos a la crisis social.

19 de octubre de 2011

"La indignada"


A todos los jóvenes del mundo que quieren cambiar las cosas


Estos yanquis sí que saben protestar; estos yanquis sí que están indignados y saben salir a la calle a decir lo que sienten, no quizás como nosotros que dejamos las cosas para después del fútbol, como si después el deporte rey nos diese de comer. Ayer, sin ir más lejos, salí a comprar algo por la zona de Wall Street. Unas deportivas de indignado, tipo pijo, of course. Y entonces vi a una chica pintada de cuerpo entero: rosa y negro, piercing en la nariz y una de esas sonrisas que piensas que tienen vitalidad. Poquito más. Luego, la cosa ha ido a más porque un medio de comunicación ha sacado la foto y mirando detenidamente...


Es mi antigua novia; una hippy de Alabama que compartía piso conmigo en el East Village y que era una deliciosa desordenada, pendenciera (seis de cada siete días estábamos peleando: por el teléfono, por el baño, por quién hace la cena...) y muy poco estudiosa. En la Universidad de la ciudad cursaba idiomas y no sabía ni papa de ninguno de ellos; bueno, yo tampoco aprendí bien el inglés y eso que hasta discutía con ella, como he dicho. Lo dejamos. Un día ella se hartó de mí, se me acercó, me dijo "sé que eres el mejor hombre que podría tener por compañero, pero lárgate", me tiró el petate a la puerta y...


Y hasta ayer, cuando la vi en la foto. Creo que la voy a llamar para decirle que yo también estoy indignado y que me tiene que devolver uno de mis Cd's de Enya. Y que me pague un café...


©Image: John Minchillo/AP

18 de octubre de 2011

"El álbum de fotos"



Llego a casa, cansado del ejercicio; enciendo la luz y pongo Enya como música de fondo: Only Time me sigue conmoviendo, a pesar de haber vivido muchas cosas desde la primera vez que lo escuché, en un destartalado apartamento de un pueblo perdido de New Hampshire. No recuerdo cuanto me costó, pero sé que lo adquirí con alguno de mis primeros sueldos. Hubo un tiempo, incluso, en que me sabía alguna canción de memoria.


Entro a mi despacho, dispuesto a no responder llamadas ni correo alguno. Hoy la tarde es para mí, solo para mí; y entonces reparo en el álbum de fotos que tengo detrás de mí. Realmente son tres, cada uno con una temática distinta: "Mis alumnos y yo", con fotos de actividades, de clase, artísticas -de esas que usamos para hacer trabajos-; "Mis viajes", con retratos de todos los lugares a los que he ido y con las personas que he conocido. El último es una miscelánea de mil cosas, con fotos de todo el mundo, de la Universidad; de algunas de aquellas mujeres vividas que retraté en aquel poemario que guardo en un cajón, todo ello.


Reconozco que ha pasado el tiempo, como cuando hace unos días recordaba alguien del Facebook que hicimos un concierto en el patio del Instituto, un concierto de rock que nos salió genial y disfrutamos un montón. Fotos con aquella gente de la que hoy ya no sé nada, incluso hay quien aparece en las instantáneas y cuando la veo por la calle ya no saluda -cosas del paso del tiempo, me digo mientras me asombro-. Denise me mandó las de cuando formamos aquel extraño grupo de Erasmus en Madrid y los que no éramos extranjeros hacíamos de guía: Federica, una alemana muy rubia que me pidió los Poemas para Julia de Goytisolo; Denise que no paraba de reír y Cristina -se esfumó- que me aconsejaba sobre el menú diario en el Pabellón B. Paso las hojas y Teresa y yo estamos en Toledo, con mil americanos, y reconozco que su sonrisa del otro día otoñal madrileño sigue siendo la misma: por detrás dice 2001. ¡Uf!, diez años, ¡cuánto hemos cambiado, Teresa, y parece que fue ayer!


Sigue sonando Enya, que es una cantante maravillosa. Sólo mi Tesis y ella saben los ratos que hemos pasado solos juntos. Fotos domésticas, en una aparezco cocinando, creo que en casa de una amigo (Miguel) en la sierra al Norte de Madrid, también hace ocho o diez años. Después de ese tiempo me he tomado pocas, o casi ninguna, y muchas no me gustan. Aunque reconozco que las del viaje de fin de curso con los cachorros del curso 2009-2010 son inmensas.


Si me paro a pensar, la mayoría tienen que ver con la Educación Pública; con alguna faceta universitaria o de Instituto. Miro el disco de Enya y se me aparece mi calle americana totalmente nevada, el Cd en la mano; llego a casa y lo introduzco en el reproductor. Suena y miro hacia el White River. Dejo la situación y vuelvo al presente; entonces me oigo decir:


-¡La madre que los parió!

17 de octubre de 2011

"El mismo sueño"



A veces tengo de nuevo el mismo sueño; es una acción que se repite, pero ahora no sé si es un buen sueño o una mala pesadilla. Antes lo recordaba todo, ahora me levanto con mal cuerpo, con la boca pastosa y una sensación de pesadez estomacal. Bebo, bebo demasiado boubon y quizás ello ayude a que me sienta tan mal.


Aquella vida que llevé en Los Ángeles y en Chicago me empieza a pasar factura. Hay días incluso que mi propia autodestrucción me impide reconocer el nombre de mi antigua compañera de apartamento; de aquella chica que robaba en el super y en algunos sitios más, yo lo sabía, lo tenía claro; pero era una chica estupenda. Venía de un medio desestructurado. Y era legal, no como aquella otra que jamás me valoró como yo creo que merecía. La muy... Espero que esté en el infierno, si es que existe.


Al principio no era tan dificil beber. Era sencillo y la camarera de aquel tugurio (Friends) era maja, tenía conversación. Era fea como ella sola, pero sabía un huevo de la vida. Me sacaba hasta el último centavo, pero se convirtió en mi segunda casa, aquel tugurio de putas, gilipollas y snobs. Por un puñado de dólares trabajaba en la mina de aquel sitio, sí, todo aquello que vino después aún de Los Ángeles y de Chicago.


Hace días que no veo a mi hija. Mi mujer se fue... y no puedo ni recordar sus nombres... ¡¿Dónde habré metido el teléfono de mi hija?! No, es el sueño, ella está en el sueño; no está, se fue, "papá me voy a España". El sueño, dice que vaya, pero... ¿dónde tengo su teléfono?

15 de octubre de 2011

"La chica que habla en la noche"



Yo siempre he pasado desapercibido. Yo siempre he querido que me creyeran tonto. Yo he intentado casi siempre estar en el lugar adecuado. Yo nunca le he dicho a ella que la quiero. Yo nunca he tenido suerte en el amor.


Cada día tengo más casos que resolver y puedo asegurar que con esto de la crisis los delitos despuntan, como si la gente se entretuviese en hacer putadas en lugar de buscar soluciones. Así, algunos días, cuando salgo del gabinete entro en el bar que hay en la acera de enfrente; un tugurio bastante interesante y con parroquia habitual, llamado Tiffany's. Hasta ahí todo normal. Cada cual a lo suyo; unos su Budweiser y yo mi bourbon. Aquí uno no puede meter la pata, pues por un whisky escocés on the rocks te clavan 12 pavos y se quedan tan tranquilos. Antes había detrás de la barra un tipo gordo, sudoroso, asqueroso -si algún día hecho tripa pediré a alguien que me pegue un tiro-. Se debió ir o le cascó un infarto o algo, de tal suerte que han puesto en su lugar a una chica joven, morena, guapísima, española. Lo que se conoce con la expresión machista y castiza de "tía buena". O yo percibí eso.


Cada vez que voy allí pego la hebra con ella. Que si está aquí para perfeccionar el inglés, que si no le gusta la City (pero tiene ya un montón de amigos -así cualquiera, digo yo, simpática y hermosa: mira tú como el otro que había no tenía tanta predicación-) y todo eso. Es como si yo fuera aún adolescente, que se me cae la baba con la muchacha; sí. Y como yo también soy un español exiliado allí, alguna que otra vez hemos ido a cenar, a tomar una copa en otro lugar, al cine; cosas de esas que te ayudan a combatir el hastío de la City y a dejar de lado la soledad. El amor...


"Te invito a mi casa", me atreví a decirle -con las palpitaciones a miles de revoluciones por minuto-. "Vale", me contestó, con total normalidad. Yo, cuando por ejemplo llamo a una chica y le propongo que se tome algo conmigo, tiemblo; y si nadie me cree, hacemos la prueba. Ya se sabe cómo fue todo en mi apartamento: una peli en la FOX, otra copa y... cama. Hasta que más o menos de madrugada (las cuatro y diecisiete minuntos, para ser exacto) oigo una conversación intensa y monótona; alguien que habla. Ese diálogo, o mejor monólogo, se unía a una suerte de pasos, algún ronquido, quejido y todo eso que trae la noche, el cansancio, los nervios. ¡Madre mía qué suplicio! ¡Unas divagaciones! ¡Unos gritos! ¡Unas discusiones! Llegué incluso a creer que me había dejado encendido el televisor.


Hasta que me despierto y me sorprendo: "joder, para una vez que ligo, la tía habla sola de noche". Y su perro que le sigue el juego y al unísono ladra. La chica morena esa tan mona... ¿quién lo diría?

13 de octubre de 2011

"El dictador vuelve"



Yo viví la Guerra Fría. Y estaba en el bando americano, pero aquello ya pasó, cayó el muro y dejamos de tener enemigos para tener problemas. Perdí mi significación anticomunista y empecé a resultad incómodo; éramos más felices despotricando contra los rojos, pero ahora son aliados y no es de recibo que los intelectuales hablemos claro, de tal suerte que se tercia una nueva purga. O estás conmigo o estás contra mí, ya se sabe, como siempre.


Hace unos días, al volver a casa, encontré un sobre en el que se me comunicaba el cese: "pasa usted a la reserva activa, con una ineludible cláusula de confidencialidad acerca de todo lo que ha realizado, visto y oído en este Centro durante los últimos veinte años". Me mandan a casa, jubilado, sin nada que hacer ni siquiera una planta que regar, pues se me han secado todas con el calor repentino de octubre. Nada.


Pongo la televisión y aparece una señora con el pelo sin lavar, cara de estreñida y mala leche: "es una huelga política, esa gente son los del 15-M". Hago zapping, de tal suerte que una conocida tertuliana añade gritando y cortando a su interlocutor: "sin interinos hay más calidad en la enseñanza"; sonríe, imagino que fruto de la comodidad de cobrar un pastón en cada plató al que va, como si se prostituyera. Y como habrá elecciones, creo, los candidatos son totalmente claros: "si no ganamos nosotros será la mundial; hay que impedir..." 'Impedir' no es una palabra democrática, es una palabra de la Guerra Fría. "Hay que impedir que los rusos desarrollen la bomba atómica", decía el letrero de mi despacho cuando estuve en Washington.


Ponen un reportaje sobre Stalin, el hombre de acero, el mayor dictador de la Historia; y me viene a la cabeza la programación televisiva. ¿Acaso no es cierto que vivimos en una dictadura soterrada?

12 de octubre de 2011

"Las cartas boca arriba"




Es malo. Me echaron del trabajo porque decían que no rendía, que había hecho perder a la empresa mucho dinero. En fin, el tipo nuevo aquel que certificó que era cierto; lo que nunca entenderé es cómo todo iba bien antes de que él llegara y después fui yo quien llevaba mal las cosas. El caso es que al llegar a casa y encontrarla vacía, sin nadie allí -el perro se lo habían llevado en el reparto- y la ropa tirada en la moqueta, los platos sucios en el fregadero, los libros y las anotaciones encima de la mesa y la soledad, la falta de ruido que había en aquel barrio de Boston, todo ello era síntoma de fracaso...




Quise hacer un curso de francés, pero me dio igual después de pagar los trescientos primeros dólares; más tarde intenté matricularme en un College, en criminología o algo previo, pero tampoco me vi; incluso busqué información para un spa o un gimnasio, pero tampoco. No soy un tipo de esos, todo el mundo sabe que los americanos odiamos hacer deporte. Lo único que conseguí fue hacer dieta, porque me compraba ensaladas precocinadas y poco más: bajé diez kilos en un mes.




Cada mañana veía a la muchacha correr cerca de casa, en el parque; una actriz española que creo que se había instalado en Boston. No es ciudad de cine, vamos, como Hollywood, pero quién sabe. Y al tipo que la seguía. No soy muy ilustrado, pero eso se veía. El tipo de los calcetines blancos -qué hortera- la seguía y todo eso, no era un rodaje, eso lo sabía, era evidente. Así que decidí seguir al seguidor. Un lío.




Está claro que un ex ejecutivo andrajoso que se acerca a la muchacha causa miedo, y ella grita, y el de los calcetines blancos se esconde detrás de un seto, y aparecen los del BPD (Departamento de Policía de Boston), y me gritan, y me esposan, y no escuchan, y la chica histérica, y vamos a comisaría, y mi abogado que no llega -no le pagaba desde el verano-, y aquel tipo de los calcetines blancos al fondo entrecortado.




Pagamos la fianza, un error judicial. "Señoría sólo me acerqué para decirle a la señorita que un tipo con calcetines blancos la seguía, sólo eso". El juez mira y delicadamente me dice: "¿No se ha dado cuenta de que también usted lleva calcetines blancos?" "Pues no, claro".




Eso me pasa por intentar parecerme a don Quijote.

10 de octubre de 2011

"Ir corriendo y sin ver la tele"



Antes de irme a Yanquilandia he de hacer muchas cosas, como conocer a Lauren. El día que me instale otra vez en los Estados Unidos tengo que hacer dos cosas, aunque no inmediatamente; la primera es intentar no ir corriendo a todos lados, porque está claro que Nueva York, en donde habitan Philip Roth y Paul Auster, es inabarcable. La segunda es tomar un café con Paget Brewster, pero eso es otra historia.


Me dijeron que Lauren había venido a España; algunos dijeron verla perdida por el Madrid de los Austrias, comiendo y cenando en tascas con sabor castizo, quizás habitadas aún por Luis Candelas y el resto de sus secuaces bandoleros. Hubo quien me vino con el cuento de que se había perdido por la calle Sierpes de Sevilla; incluso recibí un anónimo que la situaba en La Mancha, muy cerca de mi casa. Esta última nota decía que iba tras la pista de Dulcinea del Toboso, la cual, según la teoría de Lauren, fue una muchacha real de Montiel o del Toboso y a lo mejor en uno de esos libros tipo legajo, con letra sinuosa e ilegible, aparece su partida de matrimonio, o desposorio, como se decía en la época.


Pero no, a mí lo que me importaba ese momento era localizar a Lauren, verle la cara, hablar con ella, posiblemente incluso pedirle que me leyera alguno de sus poemas. A mí mismo me pareció verla descender de un taxi en la Puerta del Sol de Madrid; iba vestida con un pantalón negro y una blusa roja, a tono con el carmín. Corrí hacia ella y descendió al metro, pero caí en un vagón distinto. Ya en Atocha quise alcanzarla, casi entrando en el cercanías que conecta con Aranjuez. ¿Iría al Palacio mejor construido por los borbones, fieles al estilo neoclásico? Posiblemente, puesto que ella es una mujer muy culta. Casi cuando estuve a punto de presentarme face to face se desvaneció entre la multitud dominguera que puebla el real sitio.


Se volvió hacia mí, me reconoció y estaba a punto de decir algo. El reloj automático señaló las ocho cuarenta y cinco y el locutor dio paso a una canción techno. Definitivamente fue solo un sueño.

4 de octubre de 2011

"Buscar el modelo"



Cuando decidí abandonar la redacción, tirarme al monte con los indignados y gritar desesperado, alguien se preocupó por mi. Cuando cambié mi domicilio y me fui a vivir a una ciudad de provincias y me perdí días completos en el monte, como un ancaoreta, alguien se preocupó por mí; cuando mi ex dejó de percibir mis ingresos y la niña no vio a su padre durante semanas, se preocupó por mi. A buenas horas... "Lo que debes hacer es ir a la psicóloga", me aconsejó el médico, con la niña y la ex delante, con cara de preocupación... ¡Ay!


La antesala está llena de gente con miles de problemas, imagino que reconocibles: el ejecutivo con ansiedad (la crisis, ya se sabe), la chica joven con anorexia (se ve a la legua el problema), el señor del tic no sé y el matrimonio (imagino que en crisis, jodido) y yo que ni siquiera sé qué me pasa. La chica me llama, es competente, y mantiene la sesión con profesionalidad.


"Lo que te ocurre es que has buscado el mismo modelo, aunque quizás sin encontralo", me dice. Me paro a pensar y sí, Juliette Lewis, Yolanda Castaño, tienen más o menos el mismo tipo de cabello, de óvalo facial; bueno, alguna chica más, pero con menos notoriedad. "Si te ves perdido, busca otro modelo", añade. Sí, claro, una chica rubia con otro tipo de óvalo. Más trabajo...

3 de octubre de 2011

"Mirar veinte años atrás"



Cuando cocino, algo que hago frecuentemente como terapia, me falta algún ingrediente; lo reconozco, soy poco previsor. Aquella tarde quise trabajarme un poco más la cena, ya que había tenido un día duro y estresante. Me faltaban un par de cosas para la ensalada y debía comprar algo de carne fresca, pues no había tenido tiempo de descongelar nada. Se terciaba, pese a la lluvia, una visita al supermercado más cercano.


A tal hora y con un tiempo tan inestable lo habitual es que te reciba el personal y que haya dos o tres marujas despistadas, nada más, entre los estantes, pero aquella tarde la algarabía corría de parte de dos o tres chiquillos que correteaban, sin prestar atención ni a la madre ni a los demás clientes. "Cosas de críos", pensé, mientras buscaba la pimienta en el estante de las especias.


Entonces la vi. Veinte años atrás, en el Instituto, estuve enamorado de ella. De esos amores irracionales que tienen más de despecho que de aprecio. Su cabello estaba ahora teñido, era evidente, y el cuerpo algo más relleno. Claro, que yo tampoco estoy igual, qué decir. Percibí que los dos chiquillos eran suyos y que se parecían al hombre que iba con ella, también antiguo compañero, de los gamberretes que estaban hacinados en Jefatura de Estudios.


Miró hacia donde yo estaba, buscando a las dos fieras que tiene por hijos, pero me vio a mí. Es fácil reconocerme, sobre todo desde que salgo tanto en la prensa hablando de Literatura. Dejó al marido en la cola del pesacado (frecuentada por la típica señora que no sabe qué quiere) y se me acercó; cálidamente me dio dos besos y dijo el arquetípico "¿Cómo estás? ¡Cuánto tiempo!" Dos o tres frases más de cortesía y se fue porque le tocaba el turno. Yo encontré la pimienta, por fin, y fui a pagar.


Al salir quise pensar en lo que me había perdido o había ganado si la historia hubiese sido otra, pero me di cuenta de que la vida te sale al encuentro: tenía invitados en casa y la carne sin hacer.