18 de enero de 2012

Miguel García-Posada



Ha muerto muy joven aún Miguel García-Posada, uno de los críticos literarios más relevantes, en mi opinión, de las últimas décadas; unido a los diarios ABC y El País y fundamentalmente a la obra literaria de Federico García Lorca y Francisco Umbral, entre otros grandes.

Tuve la satisfacción y el lujo de ser alumno y amigo suyo; gracias a él decidí estudiar Filología Hispánica y tuve la ocasión de conocer en profundidad la importantísima Literatura Española a la que me dedico desde entonces. Fue un excelente poeta y un fino crítico que supo ver detrás de muchas incipientes obras literarias (Luis Alberto de Cuenca, Luis García Montero, Andrés Trapiello, Benjamín Prado, Mario Vargas Llosa) a los grandes maestros de nuestras letras, los mejores versos, las mejores novelas… Tuvo, por supuesto, enemigos, como surgen en todos los colectivos formados por seres humanos y por sus emociones. Fue, a su vez, discípulo de Fernando Lázaro Carreter, a quien los filólogos de hoy hemos seguido a pies juntillas.

Recuerdo cómo en las tardes de los viernes en el madrileño Instituto Beatriz Galindo (y más tarde en el despacho de su casa, en la calle Lope de Rueda de Madrid), hacia 1996, me hablaba de poesía y de novela, del pasado intelectual y del presente literario, de la narrativa de Europa y de América y de todos aquellos autores que un profesor de Literatura debe conocer. Sabía guiar a los alumnos del Instituto dentro de las procelosas páginas de las obras de muchos buenos autores. Una de esas tardes me habló de Barcarola, publicación en la que colaboró: “una revista que hacen muy bien en tu tierra, en Albacete”, y que, efectivamente, es emblema para la cultura de nuestra provincia y que desde entonces he seguido con cariño. Miguel García-Posada me descubrió también y me presentó en 1998 en la Residencia de Estudiantes a Antonio Martínez Sarrión, nuestro gran poeta de los “nueve novísimos”, de quien opinaba que además de buen poeta escribe muy buena prosa: de ahí sus dietarios.

Los últimos años, delicado de salud pero intensamente lúcido, los dedicó incansablemente a su propia poesía y a dos excelentes novelas que deja, junto a sus memorias (La Quencia), como legado. Y los miles de artículos profundos y parte de la crítica en los diarios que he citado.

1 comentario:

Tempero dijo...

Leí tu carta en El País el domingo.
Hoy, curioso yo, busqué tu nombre en la red. Me salió tu blog. Simplemente afianzarme en tu opinión sobre Miguel. Yo no fui alumno suyo. O sí. No tengo nada digitalizado pero sí tengo almacenadas críticas suyas desde que lo descubrí, allá por el año 98. Me pareció el mejor y el más objetivo. El mejor en su redacción, en su bisturí crítico. Era un lujo leerle. Y comprar muchos libros que, sin él, no hubiera descubierto. Mal le trataron el El PAís tras su defensa a Umbral para el premio Cervantes. Umbral será siempre unos de los grandes. ¡Qué pronto se olvidan a los grandes!

Bueno, darte las gracias por esta reseña en estos días que, como muy bien tituló Miguel en su poemario, son precarios.

Un saludo.