Entre la voz del silencio; desde el insomnio; después de todo lo que no te dije antes, ahora que te sueño, ahora que escribo pensando en ti, ahora que me atenazas... Tú, ahí, pensando que voy a huir, que la inseguridad y el miedo me harán correr; tú, que te cruzas conmigo con tu sonrisa colegial. Ahora, que ya no estoy por coger la maleta y huir: a Canadá, o a donde sea, lejos de aquí. Desde mi insomnio, mientras tú duermes, lejos de esos adolescentes que no sienten ya mariposas en el estómago; cómplice de ti y contigo, en secreto. Lo que nos hemos dicho, lo que nos falta por decir... y por hacer y hacernos. No, yo no me rindo, es que a veces no sé qué decirte: perdón, cómo decirte, que te diría todo en mitad de la nada, o bajo la lluvia. Cierto, hubo gente que no me entendió, que no me supo; igual que hubo gente que no te quiso ni supo quererte, como tú mereces. Lo sé, lo sabemos, lo sentimos. Silencio entre tú y yo: tú me esperas y me freno, yo me muero porque digas y te callas. Y esos adolescentes que se pierden esta magia que nos invade a ti y a mí. Y te escribo, es mi regalo, de vez en cuando, yo aquí y tú por el mar de miedos y de sonrisas... entre la duda y el mensaje. Hubo quien dijo que no sería capaz, que murió la poesía y la magia: aquí estoy, escribiéndote, con un pizca de ternura y una dosis de amor. A ti, de mí.
26 de marzo de 2016
24 de marzo de 2016
La música de sus ojos
La mañana era ya fría; creo que, incluso, sería por el final del verano. Subía las escaleras y allí la vi; tan sólo entonces un tímido saludo, con solvencia. El concierto era de piano -pongamos por caso- y ella se sentó, sola, en un extremo de la sala. Su mirada y su sonrisa se dirigían hacia mí de vez en vez; pensé entonces que me conocía, que me había visto antes... El intérprete fue anotando la melodía con tímida delicadeza; éramos pocos en aquel auditorio. De pronto, comenzó a cantar All of me y ella no dejaba de mirarme. Me dije que lo haría por haber visto mi foto en la contraportada de un libro, o en el periódico, no sé. Cuando aquello concluyó nos sirvieron un vino magnífico: saludos, planes ('a ver si te veo'; 'tengo que comentarte algo, llámame mañana', cosas así), en ese plan de los periodistas, escritores y demás bohemios. Ella se acercó y me dijo su nombre, de origen griego creo y yo únicamente acerté a decirle "sabes que tienes música en los ojos". Sonrió y esa sonrisa me acompaña desde entonces.
20 de marzo de 2016
Aquel pasillo
Aquella mañana me invadía el sueño: subía unas escaleras cuando vi al fondo a Zoé -digamos que ese es su nombre- y la saludé con perfecta solvencia; ella, competente, me respondió con una sonrisa. Una de esas personas excepcionales que nadie ve, pero que están ahí, como lo está la poesía. El resto del tiempo me lo pasé pensando en ella: incluso hubo alguien que dijo "oye, tío, que estás pasmado", con la razón de quien no sabe nada. Me fui a casa, la casa fría de una capital de provincias, con ella pegada en el alma, como se pega una emoción que vives de repente. Aquel flash, que dije que tenía que impregnarlo en realidad: no está uno para dejar pasar el futuro sin cogerlo con las dos manos. A todos nos pasa que la realidad, que supera al deseo, nos bloquea, así que en adelante todo fue planear cómo debía ser el reencuentro con Zoé: noches sin dormir, esos sueños despierto, querer ser y querer estar... hasta que un whatsapp nos devlvió a ambos a la vida, a la realidad, al deseo hecho presente. Sé que ella no se arrepiente, yo tampoco. Vale, por hoy tan sólo.
6 de marzo de 2016
Escribirte a ti
Al final siempre te sales con la tuya y acabo escribiéndote; últimamente lo hago menos, pero alguna historia cae; las más de las veces entretejo una historia sin pies ni cabeza y me pregunto a mí mismo qué pensarás cuando la leas... pocas veces me dices algo. El otro día mi compañera Rebeca me preguntó sin rodeos por qué escribo casi siempre sobre mujeres, sobre el mundo de las mujeres; estuve tentado de decirle la verdad: que iba a cerrar este blog justo cuando decidí dedicarte una entrada, como ahora y desde entonces estas historias pretenden ser retazos de cosas que suceden ahí afuera. No sé, amores y desamores de la gente; situaciones que vivimos; frustraciones o esperanzas que la gente tiene cada día. De esa gente que se pregunta si esto es real o si es inventado; si estas cosas se inventan o se viven; si nos ponemos alguna vez delante de las protagonistas para vivir así. Un premio Nobel dice que sí, que uno ha de vivir un poco lo que escribe o no es creíble; él hablaba de erotismo, quizás porque no conoce que no hay nada más hermoso que mirar tus ojos, o tus manos; que no hay nada más grande que escuchar lo que dices, con esa tranquilidad con la que hablas... No lo sé. El caso es que todo escritor vive en algún momento rodeado de mujeres: buenas y malas; novias o amigas; bordes, indiferentes o dulces; con acento extremeño, murciano o laístas de Madrid; las que ríen a todas horas o las que no saludan nunca; quienes responden a los mensajes, las que esperan un cierto tiempo para hacerlo o las que no lo hacen nunca; aquellas que son de cómic, o protagonistas de novela. Muchas han vivido cerca, otras se pretende que lo hagan; muchas otras simplemente caminan por la calle y algunas se fueron y están bien donde habiten. Nadie sabe aún quién eres, tu nombre y latitud; y ahí estás, siempre tan sabiendo a poco.
25 de febrero de 2016
A voces con el silencio
A veces pienso
que debo decírselo, pero no lo hago; callo y me digo que los ecos del pasado
siempre se repiten. Como aquella vez que tardé dos años, en el Instituto;
cuando me atreví a hablar con ella, ya ‘tenía una relación’. Hubo más viajes de
ida y vuelta, hasta que un día me dije que debía guardar silencio: no estoy
hecho para ese tema tan fundamental para todos, así que recorreré mis trabajos
y mis días en el más absoluto silencio; los llenaré con una sonrisa. Los besos
que soñé, las caricias que pedí, los guiños que necesité, las sonrisas que me
enamoraron jamás tendrán hueco en mi libro de memorias, que llenaré de otros
relatos. Cada uno tiene la pasta que tiene y yo, sinceramente, sirvo para
muchas otras cosas, mas no esa. A veces, insisto, debo decirlo… hay días, lo confieso,
en que deslizo alguna palabra o alguna frase, pero no sé si la destinataria lo
pilla o no lo pilla (o no quiere pillarlo, que en su derecho está); otros días
me digo: “ahora, ahora, suéltalo”, pero nada de nada, que me callo. Una noche,
creo que era de noche, me metí en el cuerpo una copa de alcohol, salí del bar y
me repetí: “venga, ahora, ya, habla, joder, habla”, pero me desinflé. Así
fueron pasando los tiempos y las mujeres de mi vida; incluso pensé que ser
miedica es un fastidio y creí haberme despojado de la timidez, pero nada… Fui escribiéndole
relatos a modo de cartas y los lectores pretendían saber que iba dirigido a una
dama y eso que de nombres nada, de nada… Me senté en un bar ayer, había un
anciano en la puerta, junto a su mujer, tomando el sol (101 y 103 años,
respectivamente); me debieron ver cara de tipo que guarda un secreto pegado al
alma, o de tonto; el anciano la miró, se acercó y me dijo: “en cuanto te insinúe
algo, díselo y, si no lo hace, hay un océano de peces”, y siguió dormitando.
13 de febrero de 2016
No sólo San Valentín
Aquella época yo había sido enviado a cubrir una noticia en Colombia, pero la nieve me retuvo en el aeropuerto de Zurich la noche de San Valentín, así que me pertreché de agua y bocadillos y me dispuse a pasar la noche, o las horas que el azar quisiera, en aquella enorme sala. Ella se sentó a mi lado; iba, como yo, a Colombia. Al principio no le presté atención, enfrascado en leer La casa verde de Vargas Llosa. Fue ella la que empezó a hablar y hablar... No, no es una historia romántica, ni de amor, olvídense. La escuché atentamente, cenamos juntos, escuchamos la música de su mp3, le ayudé a realizarse unas trenzas, elegí unos poemas del libro que llevaba para leer y del que se tenía que examinar; me dijo que estaba muy sola y que viajaba a Europa de vez en cuando, para trabajar como modelo en Florencia o Venecia o no sé dónde. Allí, aquella noche, más que otra cosa éramos dos personas que necesitaban que alguien las escuchase, afecto, nada más: ella me prestó oídos y viceversa. Una voz anunció el vuelo, lo realizamos juntos, dormitando; llegamos a Bogotá y a la hora de coger el taxi ella quiso que lo tomásemos juntos. Dudé, me agobié, callé y subí al autobús: la oí decir "será torpe".
9 de febrero de 2016
La mirada en el metro
Un día cualquiera; cojo el metro para ir al centro. Por costumbre, llevo el mp3 y miro poco el móvil, más hacia lo que me rodea. Bajo en una estación cualquiera, mi destino y ahí está ella. Al principio parece una chica normal, que va a algún lugar normal un día normal; pero no, es una antigua conocida, que trabajaba en la tienda de al lado del sitio en que lo hacía yo. Ella me mira y yo a ella; justo cuando suena el silbato se baja y se queda parada junto a mí, en el andén, frente a frente. Saludo, ella sonríe. Me cuenta su historia: madre soltera, desahucio, paro, vuelta con los padres, custodia, líos de papeles, una vida monótona que no le recomienda a nadie... Primero que si quieres un café y luego que sí, total, no tengo prisa quédate un rato conmigo, hace tiempo que nadie me presta un rato; y, claro, yo, que sí, que vale, que total... Pienso, entre tanto, que quizás pasen otros doce años sin verla, o ya nunca más. ¿Te acuerdas que me regalaste un libro?; no, lo siento, no me acuerdo. Pues sí, una mañana, entraste en la tienda -de ropa era, matiza- y me lo dejaste: "Para la dependienta más sonriente y más morena del mundo". Aún lo tengo, ¿sabes?, aún; lo releo mil veces; es bueno, aunque no sea tuyo. Escribe, escribe sobre mí y si alguna vez te falla la Musa esa que dices, no seas tonto, escribe sobre mí, hazlo anda. Sí, sí. Bueno, que me tengo que marchar y que ha estado bien verte. Ah, todavía sigues siendo la más sonriente y la más morena del mundo. Y mientras vuelvo al metro, medito sobre cuánte gente no recuerdo ahora, como esta chica, a la que durante un verano vi todos los días en los trabajos de mierda que hacíamos para pagarnos los inviernos.
7 de febrero de 2016
Mar de dudas
No sé si fue Lope o quién, pero la forma de expresarlo debería ser suya. Esa sención de sí y no, a la vez; la duda insistente, pero que parece que se disipa inmediatamente, para volver a los cinco minutos; la necesidad de hablar, de decirle y la sensación de que no, de que quizás no tengas nada -interesante- que decir; las ganas inmensas de verla y, al tiempo, las ganas de no verla -porque a saber qué pensará al verme-. Creen muchos que son cosas de adolescentes -y las son- pero también propiedad de los demás. Quedarte en blanco, dudar, sentir fuerte y llorar; decir y negar; pensar y huir, actuar: "quien lo probó, lo sabe".
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