23 de junio de 2011

"Cuando nació Alexandra..."



Cuando nació Alexandra, en 1989, la Historia se movía a ritmo desconocido. Yo era un joven recién llegado a Madrid procedente de provincias y empezaba a oir por vez primera el nombre de Rumanía y de otras naciones raras: a nadie se le oculta que también nosotros, durante cuarenta años, los tuvimos vedados. Las revoluciones estaban en su punto más efervecente y los telediarios te abrian las ediciones con vientos llegados del Este. Aquellos dirigentes del politburó con abrigos enormes y enormemente gruesos; los discursos encorsetados detrás de ideologías venidas a menos; un telón de acero que helaba el alma y un muro que separaba los cuerpos. Miles de ilusiones truncadas revivían, ahora en mitad de la ilusión. Recuerdo a la señora esposa del señor presidente del país -Rumanía, no se olvide-, aquella mujer vieja increpando a los guardias, como una maldición... Nadie me dijo entonces que era testigo de la Historia más moderna del mundo... ni después.


Mientras la niña lloraba cambiaba el mundo y ahora, cuando introduzco su nombre en Youtube, Alexandra aparece cantando. Responde al apellido Stan y canta aquello que has oído miles de veces bajo el titulo Mr. Saxobeat. Rubia, ojos azules, mirada sensual... ¿Quién le diría a aquel bebé que íba a vivir otros tiempos?


Y, a pesar de todo, su cara me suena.

22 de junio de 2011

"Mi novia me estresa"



A lo peor es que estaba borracho aquella noche. El caso es que, si lo llego a saber, no le tiro los tejos a Monique... Lo prometo, si llego a saberlo, me hago monge de clausura. Aunque, quizás sea mejor exponer los hechos: Monique es francesa, una chica muy mona, estudiante Erasmus en Madrid, en donde la conocí. Fue uno de esos episodios que uno vive de forma extraña: no tenemos nada en común, pero me lancé y me declaré y, contra todas la quinielas -Juárez, el de Informática, llegaba a pagar 10 contra 0 a que me decía que no- me dijo que sí. ¡Y en qué hora!


Vaya por delante que no tengo ni un duro, pero a pesar de ello trabajo en un VIPS los fines de semana y todo lo que saco me lo gasto de lunes a viernes con Monique: cine, teatro, restaurante -y no se conforma con un Lucca o un VIPS, no-, café en Sturbucks y todas esas cosas que, sinceramente, también a mí me apetecen, pero estaréis conmigo que para un estudiante de Filología como yo no van; y más con la crisis que hay. Luego está lo demás: si mando un sms se molesta porque interrumpo o lo envío en mal momento; si no lo envío, que soy un soso y que no la quiero... Si llamo peor: o está estudiando o cocinando o hablando con su mamá, en París de Francia. Si no llamo, que hay que ver estos españoles, que solo pensamos en nosotros mismos, que no la comprendo... todo eso... Y de fútbol nada, porque yo soy del Madrid y ella... bueno, ella, pues se ha hecho del Barsa. Así, como diría uno que yo me sé, no hay manera.


Lo último es que hagamos un viaje en el Orient Express, que con la suerte que tengo, seguro que matan a alguien y nos quedamos atrapados en la nieve mientras molesta el señor Poirot con sus investigaciones...

20 de junio de 2011

"Personajes para una boda"



Hace un mes estuve de boda; se casaban mis amigos John y Mary. Confieso ser reacio a asistir a esos eventos, en los que la alegría desbordante del nuevo enlace -marriage, en inglés- facilita que algún invitado algo beodo pierda los papeles o la compostura, según sea el caso -e incluso se den en él ambos estados-, y monte un circo. Pero claro, se casaban John y Mary, dos estupendos antiguos compañeros de Facultad, cuando desarrollaba mi doctorado en Yale. Además, tampoco tenía que hacer nada mejor ese día, así que me armé de valor, me puse un traje algo raído ya por los múltiples eventos a los que había asistido -y las diversas manchas que hubieron de sacarle en la lavandería- y acudí al jardín de la preciosa casa que tienen en Brooklyne, Massachussets: su nidito de amor.


En esos saraos -como los denominamos en España- siempre hay gente típica y constatable: la tía del novio, que cuando va beoda baila con todos los jóvenes; la abuela viuda que se acuerda del abuelo muerto hace décadas y no para de llorar; el tío gracioso que cuenta chistes sin gracia; la tía abuela que te pregunta si tienes novia y cuándo te vas a casar y te pone cara circunstancial cuando le dices que estás soltero -single, en inglés-; el primo que ha bebido demasiado y babosea a las invitadas más jóvenes; está, del mismo modo, el amigo que ha engordado y ha ganado libras de peso; la invitada con un vestido risible y pamela gigante; los señores que nada saben de conjuntar las corbatas; el primo lejano que come por tres y la pija que apenas prueba bocado porque está haciendo dieta; etc. Un variopinto conjunto de seres humanos repetibles en cada una de las bodas a las que he asistido; una fauna realmente notable.


¡Ah!; y se me olvidaba el preguntón:

- ¿Y tú por quíen vienes, por el novio o por la novia?

18 de junio de 2011

"Un vehículo alternativo"



Cesé en Holanda y rápidamente el gobierno me envió a Londres, City of London, lugar en el que me encontraba algo empaquetado: no es lo mismo ejercer la diplomacia en los países hispánicos o en los árabes que en la vieja y pérfida albión, como decían nuestros patrióticos antepasados. Cierto es que en mi rara adolescencia yo era de los que decían que no aprendería inglés hasta que nos devolvieran Gibraltar. Y me tragué mis palabras.


Paseando por Hyde Park, en el centro de Londres, me encontré un día con mi vieja amiga Mamen, la cual montaba habitualmente en bicicleta -tenía el coche roto y poco dinero para arreglarlo-, cruzando el parque, hasta llegar a su trabajo: unas desvenciajadas oficinas de no sé qué asuntos económicos cotizantes en bolsa. Ella decía que era un trabajo por poco tiempo, que pronto regresaría a España y ejercería de no sé qué. En caso es que siempre a la tarde, a la hora del té más o menos, la veía cruzar aquel pulmón verde y agregarse a la piel algo de color y al trasero unas cuantas agujetas.


Hasta que un día en que se paró para hablar conmigo y mi mente se iluminó como en los mejores momentos de Sherlock Holmes -salvando las distancias, obvio-, recordé algo que sabía de ella y andaba dormido en mi subconsciente. Me armé de valor, la miré fíjamente a los ojos y le espeté:

- ¿Por qué no vas al trabajo en caballo?

"Las alegres ni-ni de Castilandia"



El año pasado pasé -invitado por mis amigos- el verano en el pueblecito de Allbar, en Castilandia del Sur, y allí fue donde conocí a aquellas comadres insoportables; niñatas de veinte años, semi analfabetas, demasiado flipadas de sí mismas, creyendo ser hermosas e interesantes para la Humanidad entera. Pienso en una cuyo cuerpo era superlativo, nariz aguileña adornada con gafacas tipo mosca; una preciosa ni-ni que no había leído en su vida más que algún titular de revista rosa, pero se desenvolvía por el Paseo de la Alameda como si se tratara de la mujer más excepcional del planeta: miraba por encima del hombro creyéndose la reina de Saba. Iba generalmente con dos amigas: una rubia atrevida -digo atrevida porque se presentaba a sí misma como la beldad más excepcional de la comarca de Whitout- que apenas podía utilizar diariamente treinta o cuarenta vocablos distintos, repitiendo cada cinco minutos palabras carentes de sentido. La otra acompañante, una chica desvencijada, con pantalones bombachos, se apreciaba a sí misma como la "más mejor", redundando absurdamente en su belleza, que tapaba sin duda con potingues y afeites de botica, pese a su corta edad.


Y digo esto porque un día llegó por el lugar mi amigo el señor duque de Allbar, que venía a pasar la canícula sahariana en su pueblo natal. El muchacho, estudiante de economía en Oxford, residente en invierno en la capital de Castilandia del Norte, adinerado y de porte excelente, tenía la costumbre de llamarme por las tardes, con la finalidad de establecer interesantes conversaciones -a veces metafísicas- y pasear por la Alameda, núcleo de vida social del pueblo. Días había que se nos unían el vicario, el maestro y el aprendiz de botica, e incluso jugábamos al póquer.


De tal suerte que el señor duque se nos enamoró de una de aquellas ni-ni, indudable dama de Allbar enamorada de sí misma, a pesar del andar caballuno y la sonrisa mediocre. Le envió varias notas, intentó coincidir con ella en los mismos antros -pubs y botellones les llaman allí- e incluso se declaró literalmente: en persona y por sms. Y no hubo nada. Parece ser, según nos comentó una criada de la posada, que lo despreció claramente. Le resultaba aburrido:


- Y además -dijo- no es extranjero.

17 de junio de 2011

"La huida de Carmen" (Cuento XII)



Creo que fue por la época que yo vivía en Washington, becado por el Post para realizar unas prácticas de dos meses y una suerte de artículos sobre España; ya se sabe, esos tan manidos de la tortilla, los toros, el Madrid y el Barcelona, la guerra civil, etc. Bien, muy bien para un tipo recién salido de la Facultad y necesitado de aventuras o sensaciones... no estaba mal. Me instalé en un apartamento bastante alejado del centro, del meollo de la capital política del mundo occidental, pero eso me hacía poder disfrutar del tiempo libre. Así fue como encontré a Carmen parada ante un semáforo; una española de pelo rizado, amante de los perros -tenía en su apartamento unos cuantos que impedían que nos entendiéramos- que estudiaba allí ciencias políticas: siempre me resultó complejo entender, si es que llegué a entenderlo, cómo una socialista que odiaba los aviones se había instalado en Estados Unidos bajo la administración republicana -entonces gobernaba allí George Bush, más o menos hacia 2002-. Así fue; y la verdad es que no me arrepiento de haberla conocido.


Carmen es una de esas dos o tres personas que te encuentras en la vida cada cinco o seis años y que permanecen junto a ti durante mucho tiempo, aunque solo sea en la memoria. Mientras estudiaba en Washington se había unido a una onegé dedicada a la búsqueda de desaparecidos de las dictaduras de Argentina y Chile, -"para matar el tiempo libre", decía-; incluso quiso que yo escribiera algo en el periódico, aunque discutimos por ello. Hubo un tiempo incluso en el que me consultaba las cosas, de tal suerte que formábamos un equipo estupendo: eso sí, fue siempre muy reacia a contar sus asuntos de España, como le llamábamos a hablar de nuestra familia. Eso sí, parece ser que los españoles cuando nos vemos lejos de nuestra tierra nos unimos mucho más que en suelo patrio.


Una tarde de mayo me acerqué dando un paseo hasta su casa, con la intención de invitarla a cenar, como muchos otros días anteriores. Toqué el timbre y me abrió una de sus compañeras de piso. Pregunté por Carmen y aquella me respondió:

- Hace dos días que se marchó sin dar explicaciones y sin dejar un teléfono.


Jamás he vuelto a saber de ella.

16 de junio de 2011

"No caerá esa breva" (Cuento XI)




Como todas las mañanas, mientras su mujer prepara el café y las tostadas en la cocina, Juan se afeita mientras escucha las noticias en la radio. Ya se sabe, noticias del tipo "el presidente de Castilandia del Sur implicado en la trama de expropiaciones ilegales"; o "el alcalde de Villaburros de Abajo imputado por colocar a dedo a su amante"; incluso "el IVA sube otro 2% y el gobierno baja los sueldos otro 7%". La locutora, mecánicamente y sin sentimiento, continúa leyendo: "el recorte sanitario afecta a doscientos hospitales"; "el gobierno de la comunidad Perejil asegura que no ha recortado nada en Educación, sólo el 50%". Otra voz, esta vez masculina, releva en la lectura a la periodista anterior: "los diputados, que tienen agujetas de tanto herniarse, trabajarán un día menos y cobrarán un día más"; "un senador se ha leído un libro en dos meses"... Y, de repente, las mejores: "un grupo de revolucionarios pacíficos y buena gente roba el perro de un diputado ciego, ya que como es diputado no importa que se la pegue"; "los alemanes tiran al suelo los productos agrícolas españoles y nosotros ponemos la tercera mejilla". Y asuntos de ese cariz que es mejor no seguir enumerando para no llenar de ira al lector.



Juan, después de dos cortes, por culpa casi incontenible del cabreo, piensa que ese día tiene que despedir a dos trabajadores más, Pedro e Ignacio, de cincuenta años cada uno; dos de los hombres que entraron en los ochenta con su padre y que ahora no tiene más remedio que llevar al INEM porque la empresa tiene pérdidas y, como el banco no le da crédito, tiene que cerrar. Ya tuvo que vender el apartamento de la playa para ir tirando. Su hija, María -se llama como la madre- está en el paro, con 24 años y el pequeño se ha tenido que ir a Estados Unidos, aburrido de no encontrar trabajo a pesar de tener el Premio Nacional de Fin de Carrera. Intentará que el del banco le prorrogue la letra del piso y cree que en dos o tres días podrá vender el coche para poder pagar el finiquito de Pedro e Ignacio.



María entra en el baño metiéndole prisa, porque se acerca la hora de ir al notario y aún no ha desayunado ni se ha vestido.
- Cariño, han dicho en la radio que vuelven Aznar y Felipe.

Juan, casi cortándose la nuez, sonríe:
- No caerá esa breva.

(A Fernando Vizcaíno Casas, in memoriam)

15 de junio de 2011

"El coche de Enrique" (Cuento X)



Enrique decidió comprarse un coche a principio de los años treinta; en aquellos años turbulentos en los que los señoritos del barrio de Salamanca, muy monárquicos todos, se iban a descansar a la sierra los domingos de clima benigno -como el 12 de abril de 1931, por señalar uno al azar- y cuando bajaban a la ciudad de nuevo, esta ya era republicana. Pues sí; aunque Enrique iba algo justo de ahorros, decidió invertir en un coche con el cual se pasearía durante algunos años por los pueblos de la sierra de Madrid y de Aragón. Una maravilla de coche que, aunque no precisamente el más lujoso, impactaba con el paisaje castellano; un elemento moderno y útil para evadirse del trasiego de la gran ciudad, de los dolores de cabeza que daban los actores a los que no les entraba bien un papel y de los temidos críticos: aquellos seres perniciosos -no como las hermanitas de la caridad de ahora- que te echaban abajo un cartel con la mejor de las comedias. ¡Uf!, el coche, la velocidad y la modernidad en las manos.


Llega 1936 y justo en el verano, cuando hay que coger el coche para irse a Aragón, al pueblo, a descansar, estalla la guerra. Sólo en España empiezan las revoluciones en vacaciones, con poca seriedad: los rusos en otoño, igual que los alemanes en 1939, la primera guerra mundial -si no me falla la memoria- omitió el verano para estallar y así todas; pero en España, con tal de no pagar la vacaciones... En fin, que cuando Enrique tiene que irse de vacaciones están a punto de darle un paseo las milicias -y es mejor ser sedentario porque esos paseos son mortales- y encima le confiscan el coche. Y por supuesto, se lo fastidian: uno de ellos coge un pincel y pinta UHP y FAI en las puertas, dejándolo hecho una calamidad.


Terminada la guerra -ese conflicto tan nefasto en la Historia de España que algunos siguen recordando todos los días- alguien pregunta a Enrique:


- ¿Y por qué no te hiciste entonces anarquista?

- Sí, hombre; con lo que me costó ahorrar para el coche y cuando lo tenía pagado me lo quitan.


(Adaptación libre de un hecho real)

14 de junio de 2011

La Olivetti




Yo también soy una de esas personas que antes aprendió a escribir con una máquina de escribir, Olivetti por más señas, que con un ordenador; vamos, que fui cocinero antes que fraile. Y crecí perfectamente normal. Por aquellas fechas -últimos años ochenta o principios de los noventa- no había ni teléfonos móviles ni ordenadores personales -mucho menos portátiles- ni Facebook ni nada de eso: si te molaba una chica llamabas al fijo y suerte que te lo cogiera ella, porque si sonaba la voz del padre colgabas sí o sí. Y cuento esto porque escribir con una máquina de escribir tenía su encanto -y en esto coincido con Arturo Pérez Reverte, por lo que cuenta en su último artículo en XL Semanal-: el ruido, tener que aprender a concluir las líneas para que coincidieran, la jodienda de que si te equivocabas y no podías tachar tenías que empezar de nuevo, los dichosos acentos que, a veces, traspasaban el papel y rompían el folio, usar la x como tachón -otros lo hacían con la w que mataban con la m-, si usabas tipex y se te pringaba la letra quedaba rastro del tipex por toda la hoja y parte del carro... y esas cosas. En mi caso recuerdo una academia sucia y desvencijada en un extremo del barrio de Salamanca de Madrid, con cientos de máquinas de escribir que sonaban unánimemente y algunas chicas que estudiaban taquigrafía -en peligro de extinción ya por aquellos años, que serían 1990, 1991 o 1992-. Ahora ya no se fabrican y lo complejo va a ser encontrar de nuevo la tinta cuando a mi vieja Olivetti se le gaste la que tiene puesta.

12 de junio de 2011

"La chica del Instituto" (Cuento IX)



Mary Douglas era la hija del rico del pueblo -hace veinte años-, cuando yo estudiaba en un instituto de Iowa y como todos mis compañeros estaba profundamente enamorado de ella. Lo malo es que yo no era como los otros: no hacía deporte alguno ni me gustaba la misma música ni siquiera iba con ellos por las tardes al río, en donde se reunían todos. Yo pertenecía al club de lectura de la escuela secundaria -compuesto de tres o cuatro empollones- y después de las clases me iba a casa; algunas veces, incluso, ayudaba a mi padre en la ferretería. Se puede decir que desde el principio se daba por hecho en clase que Mary me rechazaría, como finalmente ocurrió. Aquello hizo que sufriera una terrible depresión, de la que me recuperé tres meses después cuando todos iban ya a la Universidad y se habían desperdigado a lo largo de los Estados Unidos.


Un día Malcolm Hustings, un inglés estirado que estudiaba matemáticas en Oxford cuando yo hacía allí mi carrera en letras -becado por una institución protestante-, me dijo que nadie se acordaría nunca de mí "salvo que salgas en las enciclopedias". Me hice escritor y gané el Pulitzer; escribí guiones de cine en Hollywood y me dieron un Óscar; me casé y me divorcié con una conocida modelo y salí durante semanas en las revistas más importantes; y ahora aspiro a un premio internacional por un ensayo mío sobre el mundo actual. Se puede decir que quise joder a Mary haciéndome famoso y saliendo en la enciclopedia, no con el propósito de que ella se lanzara a mis brazos, sino para que sufriera por haber cometido un inmenso error durante su adolescencia en Iowa; o lo que en mi interior sólo yo consideraba un error, contra la opinión de los demás, incluida ella.


Ayer estaba tomando un café en un Sturbucks de Long Island cuando creí ver a Mary; eso sí, algo mayor, más gordita (ya no era aquella joven hermosa de largos cabellos) y vestida como una de esas ejecutivas de la Gran Manzana que aparecen en algunas novelas de mi querido amigo Paul Auster. Y entonces pensé en lo estúpidos que somos los hombres intentando conseguir propósitos absurdos que no conducen a nada: ¿por qué sigo pensando en Mary Douglas si murió en mi mente hace veinte años?

11 de junio de 2011

"El detective" (Cuento VIII)


Todos tenemos un héroe, eso es innegable, o una heroína, que para el caso juega el mismo rol. Y tengo que reconocer que si me hice detective privado fue por culpa del teniente Colombo, de la policía de Los Ángeles. Sí, por aquella época, cuando ponían en la tele su serie, me la tragaba entero, hasta que un día decidí hacer un curso en el seno de la policía de Los Ángeles, impartido por el señor Colombo, y después abrir mi propia agencia. Al principio ya se sabe: cosas de cuernos, asuntos turbios entre socios, cosas de esas; hasta que un día salta tu caso y de ahí vas pasando de uno a otro hasta hacerte archifamoso, como yo, y sales en la tele y todo. Olvídate de Philip Marlowe, de Bernie Gunther, de Hércules Poirot y todos esos, incluido el teniente Colombo, claro. Yo, sólo yo, el que descubría la infidelidad de los maridos por la mancha de carmín en el cuello de la camisa o los desfalcos porque un empleado de banca se iba a Punta Cana de vacaciones después de tener un sueldo de ochocientos euros. ¿Qué cual es mi secreto?: "¡Ah, una cosa más, señor...".

10 de junio de 2011

"Ivana" (Cuento VII)




Cuando decidí dejar Venecia para venirme a la casita del lago, satisfacía un deseo íntimo de Ivana, mi amante -nunca formalizamos el matrimonio-: ella me quería lejos porque en el fondo me odiaba, o al menos eso intuía yo. Lo que ninguno de los dos esperaba era el desenlace de nuestra historia, que había comenzado en una pequeña escuela de un núcleo rural de Ucrania aproximadamente en 1994. Hay veces que te empeñas en pensar que todo el mundo es bueno y realmente no te das cuenta de que todo el mundo está a mitad de camino entre ángel y demonio. Lo malo es que cuando sabes bien las cosas es demasiado tarde para cambiarlas.




Dicen algunas voces sabias, generalmente mujeres ancianas que se sientan a coser a la puerta de su casa en Nápoles y Sicilia, que el tiempo realiza una foto fija de cada cual y que esa es la imagen que perdudará hasta el final de los tiempos. Ahora que me han despedido del banco -ERE le llaman en España- y que tengo mucho tiempo libre para pescar en el lago, rememoro cómo en su momento di suma importancia a ciertos asuntos que no la tenían y dejé a mi familia abandonada a su suerte. No supe ver que Ivana era en el fondo un espíritu libre aún comunista -pero consumista- y yo precisamente lo contrario, efecto secundario de haber estudiado en Oxford. Tampoco supe ver que en la vida uno debe elegir por sí mismo sin preguntar a nadie: los consejos son malos porque nadie está en tu piel. Y por último, tampoco supe ver que Ivana no era mujer para mí. Ella me echó de casa con su indiferencia y yo me vine al lago a pescar y a beber vino blanco en una pequeña taberna que regenta un tal Giulio.




Pero precisamente cuando te hacen la foto ya no te pueden mover: no sé si con acierto o equívoco, Ivana me fue retratando como un ser despreciable poco digno de una mujer como ella; un hombre poco apropiado para presentar a todas sus amigas, inciadas de la moda de Milán y exquisitas visitantes de las más finas trattoria de Roma. Incluso, creo -aunque no sé si es cierto-, que alguna de ellas lee a Umberto Eco. Algún futbolista del Milán o del Inter ocupa su tiempo libre introduciéndose en la cama de algunas de ellas. En fin, esas cosas en las que no entra tener un marido empleado de banca que no da buena imagen.




Cuando detectaron el cáncer en el cuerpo de Ivana el único teléfono que le descolgaron, de todos a cuantos llamó, fue el mío. Confieso que pensé que sería alguna pagamenta que me tocaba ingresarle en cuenta y que llamaría apremiando; pero no, llamó pidiendo comprensión. Y yo, que además de pescar y de beber vino blanco soy un simple oficinista en paro, trato de estar puntual en sus sesiones de radioterapia y luego acompañarla a su casa para cocinarle spaguetti, que es su plato favorito. Incluso si el coche no me arranca -que es frecuente- dejo la pesca para otro día.

9 de junio de 2011

"El señor candidato" (Cuento VI)




La república barataria de Castilandia del Norte se quedó sin presidente tras la dimisión de Porfirio Manuel Iamhere a mitad de mandato, quien había gobernado dos legislaturas consecutivas el país gozando de sendas mayorías relativas y no pudo afrontar la crisis de gobierno bajo su tercer mandato, ocasionada porque el Ministro de Baratijas y Azulejos había robado un tebeo en un mercadillo de la capital. Ahora, según la ley, había que abrir el proceso de selección de candidato presidencial introduciendo en el ordenador central del Ministerio de Informática y Propaganda Oficial los parámetros que se requiere para ser jefe de la nación. La Constitución de 1899, aún en vigor, propugna claramente un hombre recto -desde 1929 también puede ser una mujer, adelantándose así en mucho a otros países occidentales del Norte-, intachable e intocable. Algo difícil, pensaba el funcionario Arthur Idontknow, pues la mayoría de esos hombres estaban trabajando en cargos subalternos de la administración; eso sí, su ayudante, María Idaho, no cesaba de introducir los items para que, a posteriori, el código logarítmico sacase el candidato del Partido Impar y el del Partido Par.




María tecleaba rápidamente, tal como había aprendido en su máster por la Universidad Internacional de Valdepinar de Castilandia del Sur, una institución creada en 2011 por un grupo de filántropos escindidos del Partido Pi y que preparaba a los mejores universitarios para cargos intermedios de la administración, quizás con la intención malsana de sacar del poder por la fuerza de los ordenadores al presidente Porfirio M. Iamhere -ahora dimitido e interino-. La hoja de word iba recogiendo los requisitos legales: "debe ser impoluto; hablar dos idiomas mínimo, sin contar el nacional; incorruptible -ni dinero ni sexo ni trajes ni subvenciones a sus hijos...-; frugal en la comida y en el ocio; debe ser licenciado o doctor y tener don de gentes; preferible haber leído más de cinco libros en su vida -sin contar los de la carrera y los de los cursos formativos- y estar casado; obligatorio profesar una religión sin fanatismo -pero participar así mismo en tertulias de ateos y agnósticos con total normalidad-; importante haber viajado por el mundo y tener criterio propio". Cuando María concluyó la tarea, secó el sudor que le perlaba la frente y comenzó a comer su sandwich mixto del mediodía. En doce minutos tendría dos candidatos óptimos.




Arthur Idontknow no lo podía creer, era imposible en un país de cuarenta y cinco millones de habitantes como Castilandia del Norte; pidió de nuevo la hoja de word a María Idaho incrédulo; debía ser sin duda un error, un fatídico error de logarítimos o en la construcción del ordenador; algo imponderable que traería consecuencias funestas para la nación: "Número total de candidatos posibles: 0" (cero no es una cantidad razonable, pensó Arthur Idontknow).

8 de junio de 2011

"La crisis de los treinta" (Cuento V)



Me decía Edmond que eso de la crisis de los treinta es una estupidez; una argucia que usan algunos -no él, insistía- para justificar todo lo malo que ocurre, porque, seguía insistiendo aquel día mientras bordeábamos el Sena, nadie achaca lo bueno a la racha de los treinta. Claro, que Edmond era un bohemio, un pintor de brocha gorda que se dice a sí mismo artista -sus cuadros son una falacia, un conjunto de colores amalgamados de mala manera que avergonzaría a cualquier otro pintor de vanguardia- y que cada mes tiene una casa nueva, una novia nueva y una idea nueva en mente, pero nunca hace nada y lo poco que hizo fue hace ya algunos años, antes de De Gaulle, creo. Yo, cuando cumplí los treinta, empecé a ver el mundo tal como es: lleno de políticos corruptos e ineptos e incompetentes; dejé de darle importancia a la formación por cuanto todo lo que sepas no te sirve si no tienes algún enchufe que te ayude y, lo peor, empecé a ver el sexo como algo secundario. Sí, fue a los treinta cuando todas -absolutamente todas- las mujeres tenían algún encanto más allá del físico, sobre todo si esta era una intelectual que te facilitaba una conversación inteligente. También fue por entonces cuando conocí a Colette, en Nueva York, en una de las exposiciones horribles pero llenas de estupendos canapés que daba por aquellos años Edmond -por cierto, que por entonces se había desencantado de Hitler y coqueteaba con Stalin, el muy bohemio pero totalitario- y a la que acudían snobs tipo Gran Gastby y ex princesas rusas venidas a menos -me sonrojo al pensarlo: me gastaba toda mi fortuna en un pasaje-. Colette era esa magnífica latina pequeña, morena y voluptuosa que me hablaba entre susurros por las noches y que odiaba tanto como yo a Edmond y de quien jamás supe su verdadero nombre argentino; y nunca me importó su forma de ser ni que su cuerpo, a pesar de voluptuoso, no fuera del todo perfecto ni sus conocimientos tampoco, porque nos reíamos juntos antes de besarnos y abandonarnos en los brazos de nuestros respectivos amantes, que convivían con nosotros en la mansión de su familia, muy cerca de donde se ubica el puente de Brooklyn.

7 de junio de 2011

"Si me dices ven, salgo huyendo" (Cuento IV)




Estás completamente ida; tu enfermedad no es común: cambias de ánimo con tanta premura que soy incapaz de entenderte... ¿Es posible que tengas deficiencia de litio? Cuando te conocí y decidí tirarte los trastos eras otra, aquella muchacha rubia que caminaba por el embarcadero de un lago en el Norte de Vermont. Un típico español apabullado por la inmensidad norteamericana y que, de pronto, ve a una mujer así, sin el complejo pequeño burgués de las ciudades españolas o provinciano de los pueblos de la piel de toro. Una mujer como tú... ¿Quién me iba a decir que eres una perturbada? Una de esas locas obsesionada con que mi corbata esté en consonancia con no sé qué (que haga juego, diríamos en España); en variar la dieta y eliminar las grasas, hasta tal punto que en la barbacoa de los McCain de mayo me comí una ensalada de brócoli en el colmo de la absurdez o de la estupidez. Eso sí, llevas las cuentas como nadie. Pero estás loca... Nunca compras en la red porque te destrozó la idea, en 1995, una película de Sandra Bullock; sueñas con que te suplanten la personalidad o que yo deje de quererte y por eso cada día marcas mi móvil treinta y siete veces. Alabas mil virtudes en los hombres españoles que para sus mujeres serían terroríficos defectos. Calientas el café dos veces y me impides ir al Sturbucks, cosa grave, diciendo que el de casa es mucho mejor. Estás loca, inmensamente loca. La próxima noche que me esperes ceñida en ropa interior de seda negra y me digas "ven", salgo corriendo y no paro hasta Canadá, mi amor.


Mirar una imagen



Es un lugar del mundo, llegado a España mediante esa exposición que se titula Photoespaña. La mujer trepa hacia la acera con demasiada energía, parece que caerá contra la pared. La calle es estrecha, pese a que el crío de la bicicleta mire al objetivo de la cámara. No es ahora, quizás sea 1976 o 1977; quizás sea un lugar del interior de la Argentina, bajo la dictadura. En cualquier caso otro tiempo.

6 de junio de 2011

Cuento. "¿Y si pierdo la memoria?"



Estoy condenado a perder la memoria, sobre todo porque he vivido acontecimientos que me han marcado por una cosa o por otra; algunos bajo tensión. Cuando yo era pequeño estalló el reactor nuclear de la central de Chernóbil (Rusia); siendo más o menos adolescente cayó el Muro de Berlín ("Yo también soy berlinés", Kennedy dixit); en mi plena adolescencia cambió el gobierno del país por vez primera en catorce años y durante mi primera juventud ví cómo desaparecía el World Trade Center de Nueva York por culpa del terrorismo; siempre, o casi siempre, he conocido algunas mujeres, de esas que te seducen aunque después se vayan... y, más tarde, ¿qué haré cuando apenas sea consciente de que no soy yo?


Un día, hace muchos años, en la biblioteca, conocí a una chica realmente hermosa, aunque ahora no recuerde con exactitud sus facciones ni qué materia estudiaba ni si era exactamente hermosa, es un decir, puesto que estábamos en la Biblioteca Nacional y la edad se prestaba a falsos juicios. Aproveché una de sus salidas al descanso (¿quién nos marcaba entonces el descanso?) para escribirle apresurado un poema, que apenas medí y cuyos versos salieron presurosos: quizás Cela diría que tardé lo que se tarda en mear. A su vuelta, ella apreció el papel y leyó el poema, alzó la vista y dirigió su mirada hacia mí. Jamás volví a saber de ella ni la volví a ver a partir de dos o tres días después del poema, fecha en que sería el examen, digo yo.


Por aquellos años, que no podría marcar en el calendario, porque lo mismo podía ser 1997 que 2000 y la diferencia, si no me falla más aún la memoria es de tres años, tenía de compañera en una asignatura de la tarde, fonología o fonética del español, cualquiera sabe, a una muchacha rubia de Leganés o de Móstoles, no sé, uno de esos pueblos iguales del sur de Madrid que hoy se conectan entre sí por el metro. Lo cierto es que era excesivamente tímida, rubia y creo que alguna vez me dijo que iba en turno de tarde porque trabajaba por la mañana (yo lo hacía porque con esa profesora era más fácil aprobar que en el turno matinal). Hablamos miles de veces en el tren al irnos juntos. No recuerdo hoy ni su nombre.


Y si pierdo del todo mi memoria, entonces... ¿qué haré?

5 de junio de 2011

En España tropezamos setenta veces siete con la misma piedra





Mientras cierto grupo mediático se implica en decirnos cómo se deben escribir diccionarios (y sus artículos están plagados de incorrecciones sintácticas y léxicas); mientras seguimos perdidos en las reivindicaciones de grupos de presión que no aportan nada al debate ni al país; mientras estamos metidos hasta el cuello en una crisis social, económica y ética de la que saldremos sabe quien cuando; mientras una o dos generaciones de españoles estamos condenados a vivir peor que han vivido nuestros padres (por vez primera en la Historia de la Humanidad); mientras en España estamos de nuevo como en 1898 o 1940 o 1960, me viene a la cabeza plantear una doble reflexión.

1ª.- España es uno de los poquísimos países en los que se debate acerca de cómo escribir algo constatable como la Historia. Hay gente de pensamiento totalitario, autoritario o dictatorial (elíjase el término que más guste) que se esfuerza en venirnos a decir que la Historia se escribe como la novela. Se crea un planteamiento, un nudo y un desenlace y se escribe al gusto de quien compre el libro. Se puede adoptar un tono de realismo mágico o de realismo social, incluso se puede teñir el episodio (en este caso dejaría de ser history para comenzar a ser story) de surrealismo. Ya digo, en todo esto andan los que no saben siquiera construir una frase correctamente. Y de lo que hay que hablar, silencio.

2º.- Los papás y mamás que están convirtiendo a sus niños en ni-ni-mo (ni estudian ni trabajan y molestan). Antiguamente, no hace tanto, nuestros padres nos ponían las pilas diciéndonos que no nos compraban tal o cual cosa: claro y diáfano; y mucho menos si suspendíamos alguna; cuando el tema se alargaba (mi caso con las matemáticas) te podías (si no aprobabas pronto) ver trabajando en el campo y lejos del aula, aunque en Literatura e Historia sacaras un 9. Tonterías las justas. Y si tu vecino tenía televisión en color (hablo de los ’80) y la tuya, en blanco y negro, se veía bien, ni se te ocurría pedir una en color porque no ibas tú a ser menos que el vecino (que es el motivo que tenemos en España desde tiempo del Lazarillo de Tormes). O si el otro tenía un walkman y tú no.

Ahora ha cambiado la cosa. Parece ser, según los últimos estudios sociológicos y otras zarandajas por el estilo, que si dejas de comprarle al vástago la PS3, por ejemplo, después de llegar a casa con todas suspensas, pues se traumatiza, no crece y se convierte en un paria de la sociedad. Y claro, dejar sin salir al muchacho o muchacha un fin de semana porque te grita o se pasa tres pueblos en el colegio o instituto, puede traer serias consecuencias para su desarrollo madurativo.

Digo esto porque mientras nos perdemos (se pierden otros) en tonterías hay asuntos más graves que atender, como educar y desarrollar a las generaciones futuras. Y me viene a la cabeza porque anoche vi a algunos de esos ni-ni-mo por la calle y lo vi claro: a los políticos esta gente les viene genial, no saben ni que existe algo que se llama elecciones y piensan que el dinero se ingresa solo (por ciencia infusa, entiéndase) en el saldo de su tarjeta VISA.

4 de junio de 2011

Defensa del "Diccionario Biográfico Español"



Hace aproximadamente una semana que se ha suscitado, por parte del diario Público, una polémica acerca del Diccionario Biográfico Español de la Real Academia de la Historia; es imprescindible añadir, además, que la opinión del periódico no estriba en asuntos académicos o técnicos, sino que emite una opinión política y parcial que quiere defender los postulados de cierto grupo político de izquierdas empeñado en que la “memoria histórica” es todo aquello que se interprete con el prisma que ellos usan para ver las cosas. Más o menos lo que a principios del siglo XX les enseñó a hacer muy bien aquel nefasto personaje de la Historia que se llamó José Stalin y al que profesan una admiración genética. Debe ser que no hay asuntos preocupantes en una nación con una crisis tan gorda como la que azota España que se entretienen en explicarnos (como si no lo supiéramos) que Francisco Franco fue un ‘dictador’ y que su biografía, dentro de un diccionario, debe contener todo aquello que a ellos se les ocurra. Cualquier alumno que atienda en clase en la ESO sabe perfectamente el tipo de régimen autoritario que encarnó quien fue jefe del Estado hasta 1975. Pero en fin… En el Diccionario hemos colaborado miles de especialistas de todas las disciplinas, con diversas ideologías y formas de enfoque de los temas, eso sí, con sobrada preparación y solvencia. ¿Todos los periodistas que pululan por ese cierto grupo son independientes como requiere un medio de comunicación? La RAH sí hay dejado libertad a sus colaboradores. También es cierto que estos señores de este diario no se han podido leer todas las entradas ni cotejar todos los personajes, aunque digan que sí; sencillamente porque no están editados todos los tomos. A lo que juegan, y es lo que me molesta como español y como docente, es que lo de la libertad de expresión les empieza a molestar y tiene que hacerse todo según su forma de ver las cosas y aquello que no concuerde lo destrozan. Yo flipo con esta gente que se cree que la Historia es creación literaria y que cada uno puede escribir lo que quiera porque elige su final de la obra: la Historia es lo que pasó y cómo pasó, nos guste más o nos guste menos.

2 de junio de 2011

Doce poemas manuscritos de Luis Alberto de Cuenca

Para tocar, para leer, para oler, para mirar, para coleccionar, para regalar, para disfrutar… así son los libros de artista de El gato gris, únicos como son todos los libros de bibliofilia. Libros realizados con papeles de alto gramaje en los que se imprimen los poemas tal como salieron de la mano del poeta, sin intermediarios. Libros en los que se ensalzan las palabras, por supuesto, pero que también se alían con las imágenes: grabados, litografías, dibujos... Libros que están encuadernados… sin encuadernar, porque los libros de artista de El gato gris son originales hasta para eso. Libros que se guardan en un contenedor de madera noble para proteger dones preciados tales son las palabras y el arte.

Corren malos tiempos (como siempre), pero, aún así, José Noriega desde su molino de Velliza sigue imprimiendo libros. El último, el número 28 de la colección manuscritos, lleva la firma del prolífico poeta Luis Alberto de Cuenca, un referente ineludible en las letras contemporáneas españolas.


La obra Doce poemas (ISBN 978-84-95530-23-3) son eso, doce poemas manuscritos por el autor, impresos uno a uno en oloroso papel de trapo de alto gramaje, acompañados por sugerentes dibujos infantiles y guardados en una caja con “alma de roble”, según reza la justificación de esta edición limitada a 135 ejemplares y firmada por los artífices de la obra.

En esta exquisita edición Luís Alberto de Cuenca retoma su tema preferido: el erotismo, el inicio de la germinación, simbólicamente representada, en tantas obras, con la figura del niño, quien se erige, por ser quien es, en el mejor guía para la creación, uno de los pocos caminos que nos llevan hasta el centro del espíritu humano.

Vale la pena acercarse a la palabra de Luís Alberto de Cuenca y máxime si está tan bellamente editada por José Noriega. Les garantizo que el contacto será un bálsamo para el alma.



© Candela Vizcaíno

'Cuando salí corriendo hasta la frontera'



No todas las historias terminan bien y no todos sus protagonistas de esas historias son héroes; es más, los antihéroes, esos personajes patéticos y llorones, son parte fundamente de la Historia, o de la Literatura, que es esta la disciplina pobre que los explica. Parece que caes mejor si eres un perdedor, porque si ganas o te ponen alguna pega o se mueren de envidia mala. Yo mismo: me casé con una mujer realmente hermosa, de buena familia (tenía pasta, sí señor, y un chalet en Palma que te cagas), de esas que miran todos los tíos cuando vas con ella por la calle. Y un día, aquel día hace ya unos años, salí corriendo. Estaba desayunando en un Sturbucks y me entró un acojone que no se explica con palabras... tiré de la Visa y del pasaporte y me presenté en la República Checa, del mismo modo que me podía haber ido a Ruanda. ¿Qué iba a hacer yo allí? Pues eso, vivir. Me ligué una checa muy maja la segunda noche, pero un día le pegaron un tiro y la poli se me echó encima (y hay que ver qué cabrón era el inspector, que ni se le entendía ni pillabas palabra en checo o en inglés... bueno, de inglés nada); me cayeron unos años de cárcel hasta que un abogado que se dio cuenta de que yo era auténticamente gilipollas me salvó de pasarme la vida entera en una cárcel de Brno. Luego salí y ocupé el apartamento de la muerta, que al fin y al cabo era mi pareja y ahora me dedico a conducir un taxi por las mañanas y a poner café a ancianos en una residencia por la tarde. Mi agente de la condicional pasa de mí y jamás se me ha pasado por la cabeza volver a España. ¿A qué? Se partirían el culo de mí cuando supieran lo que cambié por nada. Y es que hay mucha gente que se cree el ombligo del mundo y son un auténtico cero a la izquierda. Como yo.

1 de junio de 2011

'Un asunto turbio' (Cuento III)



Que nadie piense que un detective privado es un tipo infalible; muchos casos quedan sin resolver, otros tantos son meros entretenimientos del cliente y en el resto metemos la pata, porque los sentidos se embotan: fumamos mucho y bebemos más, bajamos la guardia si hay una cliente hermosa o si hemos de recorrer caminos turbios. Somos dábiles, sí señor. Hace unos años, durante la Transición, cuando más trabajo había, metí la pata hasta tal punto que casi me cuesta la vida. Se me presentó en el despacho, que entonces tenía en la Gran Vía, una mujer inquietante que pedía buscar unas fotos que se había tomado años antes en un país europeo con un joven amante que había tenido. Todo normal entre los trapos sucios de la gente de clase alta. Pero, al final, entre un cierto enamoramiento que tuve hacia ella y que me utilizaron como conejillo de indias para acceder al Ministerio de la Gobernación, casi acabo en una cuneta asesinado por uno de los esporádicos amantes de mi clienta. Menos mal, eso sí, que uno conoce a gente hasta en el infierno y cuando el amigo de la muchacha iba a dispararme el cargador completo de su pistola en el pecho, apareció un poli amigo mío. Nunca olvidaré sus palabras: "Las mujeres hermosas e inquietantes son como la muerte, simpáticas y muy guapas. Nunca te fíes de ellas o te llevan a otra parte".