29 de agosto de 2011

"Mi gran secreto"

Para Rosario Requena.



"He leído uno de sus últimos cuentos y quiero hablar con usted", dice una voz con acento argentino que corresponde a una redactora de La Nación. "Bueno, verá, yo, como otros, soy sólo un aficionado, un principiante", digo bastante cortado, la verdad. "Mire, tengo referencias suyas por algunas poetas de Buenos Aires y por lo que usted ha publicado como crítico", insiste dentro de su papel como periodista. "¿Y qué quiere saber?", señalo ya un tanto turbado. "Verá, estoy de paso en Madrid y creo que será mejor que nos conozcamos personalmente", determina con cierta arrogancia.


Como uno nunca sabe en qué concluirá cada aventura de la vida, cité a la periodista argentina en el Hotel Wellington, en la calle Velázquez, ciertamente cerca de mi casa. Así podía impresionarla pagando un auténtico dineral, que entonces no tenía, por el café cinco estrellas del Hotel. Salvo los cuentos que escribo, la poesía se me atravesó hace tiempo y en el teatro tengo muchos trucos, pero para obras en un solo acto; de momento, claro. Mi última novela, La arrogante Maika, está simplemente apuntada y esa otra... bueno, esa otra ni siquiera ha nacido. Es sólo una etapa, lo sé, pero no hubiera querido defraudar a la reportera si...


En pleno mes de agosto la chica venía ataviada con una minifalda estupenda, algo más que obvio, por otra parte; una mujer morena, una morocha argentina realmente guapa. Se sienta y después de la típica cortesía sobre Buenos Aires y "yo quiero ir a La Mancha", "pues yo la invito, no faltaba más"; "pero bueno, Francisco, me tutea... dale"; "pues hecho, te tuteo, pero... ¿tu nombre?". Esas estupideces que se suelen adelantar antes de entrar en materia. Y como la mujer saca cámara, grabadora y cuaderno, yo pido un whisky sour que me calme los nervios, qué remedio, o eso o meto la pata porque francamente hace calor a finales de agosto en Madrid y la mujer abruma así, reportera de esas de antes, tipo The Whasington Post y eso.


-¿Es cierto que usted bebe para lograr los diálogos?

-Bueno, no; realmente bebo a veces con otras personas para luego recrear el lenguaje de quien habla de más.

-¿Y eso es realidad?

-Obviamente, es la pura realidad.

-Mujeres fatales, hombres fracasados... ¿qué más es real?

-La corrupción.

-¿Y esa Mamen?

-Un personaje complejo... cuarto y mitad.

-¿Cuarto y mitad?

-Cuarto de todo mitad de nada, un ejercicio, una tarea...

-¡Ah!, bueno... ¿Entonces una musa?

-Si una musa me busca me encontrará escribiendo, no la inventaré.

-¿Lo próximo?

-Un cuento en que un tipo se va a por tabaco.

-¿A dónde?

-No dude que si me pierdo será en Buenos Aires, o en Toledo, o en Boston. Lejos de ahora.


Durante la cena le adelanté que cuando vuelva a Argentina pienso organizar un evento que presida mi hermana Karina Sacerdote y al que acudan todos los bohemios de la ciudad, los antihéroes, las mujeres fatales y algún político. "¿Me llamarás?", dijo a continuación. "Por supuesto, al tercer whisky sour", le respondí.

28 de agosto de 2011

"De repente..."



De repente, me di cuenta de que me había olvidado completamente. Y fui feliz...

"La testigo"



Entró estruendosa en el despacho, rompiendo el sonido ambiente con su taconear incesante. Vestido ceñido, collar de perlas (falsas) y un carísimo bolso negro de Loewe (quizás imitación también). Medias de seda y taconazos de aguja. Fumaba, pese al cartel: "Prohibido fumar en este recinto". "¿El detective Lowrey?", dijo con fingido acento sureño.


"Quiero denunciar la desaparición de mi novio", añadió sin mirarme a los ojos. Una persona que no sostiene la mirada miente o es, sencillamente, más falsa que Judas Iscariote. Ahí estaba: una auténtica mujer fatal, con pinta de prostituta cara, como las que solíamos detener antes de la administración Obama. "Esta está metida en algo", murmuró por lo bajini la detective Julie Andrews (sí, sí, como la actriz). "Bueno, describa a su novio", dije entre dientes mientras sacaba papel y boli. "Guapo, interesante, con conversación; metro ochenta, moreno, fuerte", metralleó mientra yo me partía la mandíbula de risa. "Señorita, con esos datos podemos buscar a toda la plantilla de los Lakers, así que sea precisa, por favor", dije mientras ella puso cara de mala leche.


En fin, reconozco que esta suerte de gente me repateaba entonces y ahora, algo impropio de un poli pero heredado de los tiempos del Village, cuando fui joven y estas chicas blancas de clase alta parecía que movían el mundo, se reían de quienes éramos pobres y nos menospreciaban. Pero no por ello dejé de ser profesional. "De todas formas, señorita, si quiere un café, acompáñeme al Sturbucks, estaremos más relajados", ofrecí.


-Por supuesto, pero quiero que sepa que no puede pagarme con su sueldo.

"Mi perra, entre otros recuerdos"



De pequeño tenía una perra ratera, aunque jamás la vi cazar un ratón. Vivía en la granja de mi abuela (situada, como en el resto del poblado, en la parte trasera de la casa), entre gallinas, conejos y cerdos, estos últimos los seres más estúpidos de aquella granja manchega. Creo que mi perra ha sido hasta hoy la única hembra que me ha entendido, porque de tan vaga únicamente se acercaba a mí y me rechupeteaba hasta la saciedad. Y se murió de vieja, claro, muy vieja, porque comía lo mismo que yo, lo que sobraba de la mesa, no como ahora, con tanta tontería para los perros que yo creo que los están volviendo tontos (y eso que son bastante inteligentes) de tanto bote y granos y chorradas de esas.


Mi abuela guisaba como todas las abuelas, para un regimiento, y, obviamente, siempre sobraba de todo: las gallinas se comían las mondas de sandía; los cerdos se alimentaban, además del pienso, con las mondas de otras frutas que no fuesen sandía (que si no les daba cagalera); y la perra con lo demás: hoy un plato de arroz, mañana lo que sobra de un guiso, pasado mañana con la mitad de una pechuga de pollo a la plancha. ¡Esos sí que eran animales! ¿Alguien vio alguna vez a algún granjero manchego desde Don Quijote maltratar un animal? No.


Ahora se meten en tu casa los de Greenpeace y te sacan la pasta: mi padre era el veterinario de la parte de la granja destinada a los cerdos; él administraba la medicación e inyectaba lo que se aconsejaba por el veterinario. Mucho antes habían hecho eso mis antepasados: muleros, pastores... Ahora te sacan una pasta los veterinarios: mi abuela era iletrada y nada más mirar un animal te decía cuál era su mal y se le daba lo que decía. "Nene, trae manzanilla", o "quítale el agua, que eso es de beber", etc. La España de Felipe II en su esencia de los ochenta.


Lo que nunca perdonaré a mi perra fue lo que descubrí aquella mañana. Me madaron a recoger los huevos que habían puesto las gallinas. Ese día, imagino, el menú sería a base de huevos fritos o cocidos o yo qué sé. La muy perra, nunca mejor dicho, se me adelantó: cuando llegué se había tomado una buena ración de huevos crudos y a mí me dejó sin almuerzo.

26 de agosto de 2011

"Frente de Madrid"



Cuando los nacionales empezaron a bombardear Madrid y el gobierno se fue a Valencia, yo me quedé en la capital para transmitir ciertos informes al Cuartel General de Burgos. Al principio sentí miedo, puesto que un proyectil mata a otros como te hiere a ti mismo, pero me habitué a ello y salí adelante. Lo teníamos claro: el barrio de Salamanca era zona franca, el resto era susceptible de ser aniquilado. Orden del mando.


En el Paseo de las Delicias aquel día se hizo el caos. Los cascotes inundaban la calzada, en donde se mantenían inertes algúnos cuerpos, que se conservaban macabramente gracias al frío y a la nieve. Los comercios conservaban el genero polvoriento en el escaparate, de antes del asedio. De algunas casa faltaban los más, paseados por las milicias; y los que quedaron quizás perecieron bajo las bombas. Las caras lúgubres y el vestir demasiado ancho: hambre y miseria. Los nacionales en la Casa de Campo. Y yo de paseo, mirando acá y acullá para transmitir desde el piso franco de la calle Serrano.


La miliciana estaba embarazada y se puso de parto allí mismo. Estaba sola, pues acaba de sonar la alarma antibombas. Pude dejarla sola allí, o pegarle un tiro: mira, la guerra es así, o tú o ella. Igual perdonas y después la encuetras empuñando el fusil contra ti. Y luego, mira que traer un crío al mundo así, en guerra y entre escombros. Alguna gente pasaba, corriendo a los refugios, pero dejaron a la muchacha sola. La miraban con miedo y con desprecio. Y los aviones nacionales surcando el aire.


Me agaché y la ayudé a introducirse en un portal. Una mula de carga muerta llevaba sobre sí una manta, que tomé para ponerla entre las piernas de la madre. Busqué agua en el chiscón del portero y le pedí que no dejara de respirar acompasado, pero que mordiera el puño. Debía tener unos dieciséis o diecisiete años. Al poco empezó y terminó todo y le salió de dentro un crío enorme y rubio. La subí a uno de los pisos y la acosté, previa amenaza a la dueña de que en caso de no socorrerla le metería un tiro al día siguiente. Prometí volver más tarde.


Pero tuve que ir a Burgos.

"Experimento con una choni"



Mi primer destino como fiscal del distrito fue en un suburbio de la capital, donde tomé posesión rápidamente para trabajar con premura. Me pasé la vida en un barrio in y la Facultad estaba llena de niñas pijas, donde conocí a mi mujer. Ahora, como dicen muchos de este oficio, me tocaba tomar contacto con la realidad. Y así fue.


Se presentó en mi despacho 'la Demetria', señora madre de Jennifer Dolores, una chavala de veintisiete años. "Señó fircal, que el Juanjo ha vuelto a preñar a mi chiquilla y ya va por ocho churumbeles derde que la espatarró por ver primera; haga usté argo", me señaló a modo de denuncia. "Mire, señora, yo no puedo hacer nada, salvo que la muchacha sea menor, que no es el caso; y si tiene ocho hijos, pues nada, qué quiere que yo le haga", le dije algo sofocado. "Ea, pos hable urté con el Juanjo y que trabaje u argo", añadió con verdadera impaciencia de madre.


Llamé al despacho a Juan José U. L., alias 'el Juanjo', 'el cani', 'el tirillas' o 'el Pitis' (este último por ser del barrio de indéntico nombre), fichado por la policía desde los trece años, alguno de los cuales pasó en la cárcel por robo, etcétera, etcétera. "Ejque me aburro, señor fircal, y claro como la Yeni está tan guena", fue su versión de los hechos (iba vestido con la camiseta sin mangas típica de estos sujetos). "Mira, Juanjo, para que no te aburras cuenta las estrellas y, cuando las tengas todas, me dices la cifra final", dije como salida escurridiza a un asunto no judicial.


Dos meses después vuelve el susodicho cani, que así se denomina al macho de la hembra choni, y me responde que en el firmamento hay, según su leal contabilidad, 1.234.575 estrellas. "Y, ahora, fircal, puedo hacerle el amol a la Yeni", me pide. "Hijo mío, tú verás", dije, estando delante la señora Demetria que montó en cólera. El Magistrado tomó cartas también el asunto, por lo cansina que resultó la mamá de Jennifer, y me citó en su despacho al día siguiente. "Le pido que se introduzca usted en el lecho conyugal con Jennifer Dolores e investigue el motivo de ser tan prolífica", me ordenó. "Pero... señor juez, una cosas así...", dije angustiado. "Nada, prueba pericial", sentenció.


La Yeni tenía cierto bello piloso en las axilas y en el labio superior, aquello que se denomina bigote. Las piernas también parecían ciertamente poco afectas a ese invento tan majo que es la Gilette y los piercings adornaban su labio inferior. De tal suerte que cuando la vi así, salí corriendo y aún me espera.


Al llegar a casa, mi señora esposa, una niña bien del barrio de Salamanca, tersa, guapa, joven, oliendo a vainilla, me recuerda que esa noche estrena un conjuntito que..., a lo que yo respondí:


-Mira, cariño, me duele la cabeza, otro día.

25 de agosto de 2011

"Decir las cosas"



¿Cuándo fue que empecé a decir las cosas claras? Sí, antes de la terapia yo era de esos tipos, pese a ser periodista, que se guardaba para sí todo lo que le acontecía. "Señor, tiene usted una soberana úlcera de estómago, de origen nervioso", me dijo el doctor Mathews en la clínica de Manhattan en que me trató. "Quizás deba usted hacer una terapia sicológica que le permita controlar su sistema nervioso", añadió mientras me recetaba el brevaje que he de tomar para evitar vómitos.


La sicóloga fue profesional, de tal modo que primero me enseñó a decir que no y luego a decir de vez en cuando, de un extremo a otro. Está claro que mi sistema nervioso es poderoso y que lo que me ha ocurrido en la vida influye. Dos o tres mujeres que te dejan, un jefe capullo que te pide más a cambio de menos pasta; luego haber sido corresponsal de guerra en Bosnia y en Irak, con todas esas comidas asquerosas, fuertes y semicrudas que nos metíamos entre pecho y espalda. Una vida estresante. Juro que yo, antes de todo eso, me metía debajo de la cama, perdía el sueño... ahora no.


Un verano, todo un verano, jodido. De esas rachas en que uno se siente mal por algo y dentro de lo malo, lo tiene identificado. Recaída, le llaman los técnicos, esos tipos que te cobran por enterarse de tus jodidos trapos sucios. Hasta este momento: hoy he llegado a casa y he necesitado decírselo, confesar que me molestaba su silencio y que después de tanto tiempo no confiase en mí. Que no me haya tomado en serio y que últimamente ya ni un café ni una copa fuera de la rutina, como si yo fuera el culpable de sus males; y cuando le he dicho que la quería (lo cual aún es cierto, pese al paso del tiempo) me he quedado tranquilo, porque es una de esas querencias fuertes que no se explican. Luego, he pensado que quizás ello la lleve a engaño y he necesitado aclararle:


-Pero bueno, cariño, para el amor prefiero a Charlize Theron, no sufras.


(A Mamen)

"La llamada perdida"



(A Mamen, donde quiera que esté)




Tenía su encanto: cuando estuve enamorado de María (a mediados de los noventa), llamaba a su casa con la intención de oir su voz; si descolgaba el teléfono alguien de su familia, inmediatamente colgaba. Si era ella esperaba: "Diga, diga...". Ahora que me he instalado en Boston, Massachussets, existe eso que se denomina móvil (celular en América) y, al menos, si se pierde una llamada, se queda registrada. Aunque, verdaderamente el encanto de aquellos días no lo cambio por la dependencia (sí, soy adicto al móvil, ¿pasa algo?) de hoy.



De todos modos, estar controlados por el móvil es una jodienda. Recuerdo, también, una perturbada que me llamaba a las tres o las cuatro de la mañana, hace seis o siete años, para contarme sus cuitas. Unos rollos patateros de mucho cuidado que a mí, sinceramente, ni me iban ni me venían. ¿Por qué nací chico bueno? Consejo: mejor ser hombre fatal, por lo menos no te agobian.



Pues ello; me instalé en Boston, City, aunque no como Nueva York. Todos los días me paso por un Sturbucks que hay cerca de mi apartamento, en esa parte de la ciudad que se parece a Roma, a una Roma americana, y me dedico a leer The Boston Globe y a escribir. Como nadie sabe que estoy aquí, los únicos sms que me llegan son de Verizon ofreciéndome ofertas suculentas y baratas que no voy a contratar; a la voz mecánica ni la entiendo ni nada, "wachi wachi nein jandenaguer". Eso sí, a la dependienta del Sturbucks sí la entiendo. Esto es huir.



El día que me rompí, que eché a llorar, que sentí todo el dolor que se puede sentir, decidí vivir de otro modo. Había que hacer las cosas de otra manera, porque también es cierto que, aunque escritor, algo vale uno, incluso aunque se vendan poco mis libros o se lean menos mis artículos en The New Yorker. Al rato ocurrió: sonó el móvil y era ella. Lo siento, no fui lo suficientemente fuerte como para coger la llamada.



Otra llamada perdida.

24 de agosto de 2011

"Los tipos duros se equivocan"



Yo, amigos, también me equivoco. Aquel día llovía intensamente en la City (cuando hablo de la City me refiero a Nueva York) y decidí entrar en el primer café que se me presentó a la vista. Me quité el sombrero y la gabardina, mojados, y me lancé sobre la barra para pedir el capuchino doble con algo de chocolate, especialidad de la ciudad que te hacer poner las pilas desde primera hora. Desdoblé el New York Times y reparé en las absurdas noticias de cada día. De repente, la vi: ¿por qué siempre las mujeres más hermosas y menos complejas son las que no conoces? Así es.


Llevaba un tiempo en que no conseguía escribir nada: cuando uno es especialista en tipos duros venidos a menos, es decir, fracasados, y en mujeres fatales que son más malas que un dolor (y juro que no es un trauma ni nada por el estilo) acaba por bloquearse. He sido novio de una pija, de una poeta sudamericana y de una historiadora del arte; estuve loco por otra pija, de una millonaria e, incluso, aunque está mal decirlo, de un par de chonis de mucho cuidado. Pero si uno se bloquea, la mujer fatal no sale y, por tanto, la historia no nace. Hubiese sido mejor haberme dedicado a otra cosa, pero la adrenalina de periodista me pide más.


Detrás de una buena historia hay dos o tres retazos seguros: un paisaje reconocible, un antihéroe y la mujer fatal; al menos eso es lo que yo trazo, ni más ni menos. Por eso me fui a Nueva York cuando descubrí que mi secretaria me mentía y que adeudaba al casero mil doscientos euros del alquiler, que no podía pagar. Publiqué mi manual Cómo estar rodeado de chonis y canis y no morir en el intento, que fue líder de ventas en Iowa (y si preguntan por qué no sabré qué decir) y he vivido desde entonces de los sablazos que doy a mi editor.


Vi a la rubia y decidí pedirle un pitillo. "No fumo, caballero; y además aquí no lo permiten", me dijo sin inmutarse. "Me permite que la invite a un café", insití. "Vale, pero solo porque usted es un escritor al que he leído, por nada más", añadió. Cuando una chica así (Marion se llamaba, creo que dijo) te sube el ego, dejas de ser un fracasado y entras en la Enciclopedia. Eso sí, se curó en salud: "Como usted tiene fama de mujeriego, le advierto de antemano que soy lesbiana, así que hablemos de libros". Y me dolió el estómago.

23 de agosto de 2011

"El deber de socorro"



Miles de chicas desaparecen al año en los países occidentales; un gran número de ellas jamás vuelve y eso a mi me jode muchísimo. A John McCready le dijo el Sheriff que se metiera en sus asuntos, que habían hecho todo lo posible por buscar a Shanon y que si no había aparecido no era su problema: "Ves esta mesa, todos estos expedientes están sin resolver, déjate de tonterías y al trabajo". La madre se echó a llorar cuando el detective del Departamento le dio la noticia: "lo siento, señora, hemos hecho todo lo posible".


Esa misma noche, después de acostar a su hijo paralítico (por culpa de una colisión en la que el conductor culpable se dio a la fuga) me llamó: "Frank, ¿sigues pensando que, a veces, los medios justifican el fin?", fue su saludo. "Si estuviera sobrio te diría que no, pero como llevo dos bourbons en el cuerpo te diré que sí". De este modo, al día siguiente, en Main Street y frente a una cerveza, decidimos encontrar fuese como fuese a Shanon. Eso sí, buscar una desaparecida en el Medio Oeste es como intentar que un girasol dé manzanas.


La pobre chica había caído en las redes de la mafia y ya se sabe a qué se dedican las mujeres que caen en manos de esos sicarios. Lo localizamos (al secuestrador) en un suburbio de Atlanta, Joe Manson. Diecisiete burdeles en la Ruta 66, un casino ilegal en Las Vegas, sin dirección oficial. Pero allí estaba, comiendo como los otros dos días anteriores, y a la misma hora, en 'Murphy's', un antro asqueroso al que sólo entraban drogadictos en busca de la dosis diaria. McCready estaba ido después de saber que la muchacha había muerto, víctima de una sobredosis. Creía que era imposible comunicar eso a la madre, se sentía culpable, atormentado.


Joe Manson pasó junto a mi mesa, en dirección al aseo. No sé por qué, pero en ese instante sentí deseos de ir al baño y entré en el reservado para caballeros. Desenfundé mi Colt y disparé en salva sea la parte de Manson, que aulló de dolor. A continuación, salí.

-¿Y ese ruido?

-Tranquilo, es Manson, que tiene problemas para mear.

22 de agosto de 2011

"El caso de la señorita Yock"



Uno no se hace detective así porque sí. Mi maestro me lo decía ("Paco, observa; en mirar está el setenta por ciento del caso") y yo me lo apliqué desde el primer día. Otra cosa es que no ejerza y, si lo hago, sea por la confianza del cliente o para sacar mis propias castañas del fuego. Algo me dijo mi instinto acerca de la señorita Yock: una mujer que mira el móvil y envía un sms mientras se entrevista contigo se comunica con otro hombre que, con un poco de suerte, se presenta en el lugar a los pocos minutos. La señorita Yock era una choni, puesto que una dama bien educada jamás deja de prestarte atención para comunicarse con otro hombre y, por su puesto, no lo llama para estar presente en la conversación.


La señorita Yock había perdido una joya que le regaló su ex marido en uno de esos aniversarios de los que uno nunca se acuerda y, un día de verano, se presentó en un café bastante bien vestida con unos jeans caros, zapatos de tacón y un top blanco que hacía las delicias de los camareros ("Paco, si te fías de una mujer hermosa, está perdido", me reconvenía el maestro en las clases). Se pidió un café bombón y desenfundó un pitillo que se fumó en un santiamén (estábamos en una terraza de esas que te permiten ver el todo). La joya, por lo visto, valía una fortuna y quería recuperarla para venderla y seguir su tren de vida.


Hay personas que se enamoran de legañas y la señorita Yock era una de ellas. Pensé inmediatamente que quien me había metido en el asunto no me conocía: sólo investigo mentiras, asesinatos y robos de alto nivel, no aquella minucia. Pero bueno, como hubiese dicho Hércules Poirot, "sólo un café mueve el cerebro", y yo tomo muchos al día pese a ser hipertenso. Así que, cuando fui a su casa (para comunicar que su nuevo amado era un randa) y la hallamos muerta lo supe claramente. Tenía que limpiar las legañas de amor.


El gimansio estaba lejos, pero llegué pronto. El susodicho estaba sudando la gota gorda con una de esas camisetas de tirantes verdaderamente ridículas (a Poirot lo hubiese puesto de los nervios); se me acercó (era más fuerte que yo, con poco) y me plantó cara. Lo recordé: "Paco, si das arriba de una torre, no cae; a los cimientos, ve siempre a los cimientos". Y eso hice, le pegué una soberana patada en los huevos y lo tiré.


Sabe más el zorro por zorro que por viejo.

"Una segunda oportunidad"



Todo el mundo acaba desaprovechando también su segunda oportunidad. Es científico, porque por norma general, si a una persona le das una segunda oportunidad, la caga de la misma forma que la cagó en la primera. Es como el caso de Davis, el de Asuntos Internos, que va ya por su séptimo divorcio y el tipo aún dice que la culpa es de sus ex. En fin...


Tampoco yo estoy en condiciones de aleccionar a Davis, pues tengo por norma no dar nuevas oportunidades: mis sentimientos están por encima de los sentimientos de los demás y, si yo estoy jodido, nadie se apiada de mi. Que lo hubiese pensado antes. Al menos tengo este trabajo que me permite conocer a la gente. Reabro casos cerrados y sin solución y vuelvo a investigar por si hay alguna posibilidad de cerrarlo con juicio, pero casi nunca el pasado vuelve para hacerse distinto. Al menos me pagan y ocupo un cuartucho sin ventilación que huele a café rancio y a rastros de hamburguesas y sandwiches que jamás me comí. Soy un desastre, lo reconozco.


Hace tiempo conocí a una chica estupenda, Amanda Rose, de Virginia; una mujer a la que su pareja maltrataba sicológicamente y quien había dado ya varias oportunidades a su chico, el cual era un jugador empedernido (me dijo una vecina que una noche, en Las Vegas, llegó a perder 20.000 pavos) y que, cuando se emborrachaba, la maltrataba. Hablé con ella cientos de veces y le insistí para que fuese a una casa de acogida, pero no quiso, confiaba en la segunda oportunidad que le daría al maromo. Al final la cagó ella también, puesto que tuvo que ingresar en un centro de salud mental con una fuerte depresión, sintiéndose todo lo inmunda que el cabrón del novio quiso inducirle.


Fui a verla hace dos semanas y salí de allí con muy mal cuerpo. Cuando le hablé de él, de la casa de acogida, de una vida nueva, de todo eso, me respondió: "pienso darle una segunda oportunidad".

21 de agosto de 2011

"El asunto O'Brien"



(A Mapi, si ese es su verdadero nombre)


Cuando trabajé, hace tiempo y a mis veinticuatro años, en la CIA, apareció Mike O'Brien por enmedio, un extraño asunto que te dice que aún hay cordura en el mundo, aunque la mayoría de la gente viva inmersa en una vida de mierda y autodestrucción. No todo es un campo de rosas, lo aseguro, y muchos traumas son culpa del pasado.


"Peña, O'Brien no coge el teléfono", dice John Johnson mientras termina su texas burguer y sorbe ruidosamente un café fuerte. "Buah, estará borracho, como siempre", le respondí mientras archivaba los documentos del 'Caso Willis'. Estábamos destinados en la sección de seguimiento de ex miembros que habían sido expulsados por conductas impropias, un trabajo bien pagado pero peligroso. La mayoría delinquía de nuevo, se volvía a corromper y todo eso. Por mucho que molara viajar por los USA con un Cadillac inmenso y una pistola reglamentaria, además de pasta por un tubo, no dejo de ser un tipo medio español, con un inglés superable y otras metas. "Pues te toca ir a Illinois y buscarlo en su mierda de roulotte y decirle por enésima vez que o coge el teléfono o lo enchironamos", continúa Johnson. "¿A mí? Tengo entradas para el cine con Sabina y no me viene bien irme al inmundo estercolero en el que vive O'Brien", le respondí.


Pero no, tuve que ir y soportar la bronca de Sabina, que había ido desde Praga a verme y se quedó compuesta y sin plan. Mike O'Brien vivía por aquel tiempo en una roulotte sucia dentro de un camping en mitad de Illinois, una vida inmunda para un tipo al que tuvimos que cambiar el nombre por lo cabrón que había sido en el pasado. "O'Brien, soy Peña, con eñe, ya te dije la última vez que vine que si volvía te vendrías conmigo o te metería una bala por el trasero", le dije en el lugar en que cualquier otro hubiese dicho 'buenos días'. Mike O'Brien tenía cara de rata, estaba leyendo una novelucha y me dijo que no, que iba a recuperar a su hija, que estaba jodido de que lo rechazara todo el mundo, que quería empezar de nuevo y que estaba hasta las narices de la CIA.


"Mira tío, ese es tu problema, yo sólo sé que tengo que empaquetarte para Whasington", le advertí. Pero apareció pronto una niña de seis años a la que traía una norteamericana de mediana edad, guapa, sin maquillaje. Las saludé: "me llamo Mary y tengo seis años", dijo la pequeña. "Hola, soy Francisco Peña, con eñe, y tengo veinticuatro años", añadí. Cuando la ex se fue y vi a O'Brien que le ayudaba con los deberes y le preparaba la merienda pensé en volver a casa y recuperar a Sabina de su cabreo.


"¿Y qué?", dijo Johnson en Whasington unos días más tarde. "¡Bah!, ha huído. Rompe el expediente y olvidémonos de O'Brien", le dije mientras sacaba dos cafés de la máquina.

20 de agosto de 2011

"Una sencilla respuesta"




A ti.


La gente (y los periodistas, escritores, médicos... mucho más), tiene épocas en las que necesitan respuestas: el mundo se queda angosto, la gente estorba, las ideas fluyen (pero no se materializan) y los afectos se apagan y encienden como las luces de una feria. Hay quien toma pastillas, hay quien fuma porros, hay quien emprende un viaje, hay quien cae en una escalada de autodestrucción (pienso en una actriz, en una modelo, en un actor, en un político...) y hay quien escribe. Días se cuentan en que una copa de whisky ayuda a que fluyan los criterios de una historia. Y a dar una sencilla respuesta.


El otro día, dos copas de más me hicieron pensar en ti, recuperar el dolor, sufrir un poco más. Yo qué sé, pero tu veneno es dulce.


Se hunden. Todas las personas, cuando les viene algo extraño, se hunden. A finales del siglo XX, en la Facultad, nos decían que las enfermedades del siglo XXI eran las mentales, depresiones y ansiedades y esas cosas. Entonces yo; bueno, yo, ¿para qué iba a creerlo? Me apasionó hacer lo que hice, compartir el tiempo con quien lo comparti, aprender de quien aprendí, amar a quien amé. Esas cosas en las que, cuando eres joven, o no piensas o eres infinitamente eterno.


Ahora la respuesta la tienes tú, a quien dedico esta entrada en un post de un blog que siguen algunas personas. La respuesta es solo tuya, así que es a ti a quien compete darla. Y yo la espero.

"Un cambio de sentido"



En aquel momento, en aquella noche, en la Plaza..., lo vi todo claro: sus ojos dijeron una cosa y sus labios la contraria. Me sentí mal, muy mal, y decidí el cambio de sentido en la marcha, a una velocidad constante.


Lo aprendí así. 2002: Estados Unidos. Una noche similar, con partida de póquer incluida. Apostamos fuerte los mismos cuatro jugadores que todos los viernes por la noche anteriores, durante meses. Era una diversión singular, hasta que empezamos a apostar fuerte. Llegué incluso a perder mi coche, a pesar de ser viejo, costroso: me costó seiscientos dólares en un taller de Lebanon, New Hampshire, pero me funcionaba lo adecuadamente bien como para moverme por el Estado. Si iba a Boston se calentaba, daba miedo. Me retiré de la partida cuando sólo tenía la opción de perderlo todo; me tildaron de cobarde, de poco arriesgado, pero salvé el pellejo. Aquella baraja tenía siete ases... ¿quién sigue jugando cuando sabe que las cartas están marcadas?


Jode mucho tener que cambiar el sentido cuando te das cuenta de que el carril que has elegido es el incorrecto, dado que ya te habías habituado a la monotonía del paisaje... Pero... ¿qué sentido tiene seguir por un camino que no conduce a ninguna parte?

19 de agosto de 2011

"Viaje accidentado a Viena"



En sus cuarenta años, Romualdo (Romualdito para su mamá) no había salido del pueblo ni para ir a la capital de la provincia a hacer papeles, pues era su señora madre, doña Romualda, de ahí el nombrecito, la que llevaba en casa los pantalones, la cartera y el ordeno y mando. Así que, al fallecer esta de un constipado, Romualdo pensó que tenía que hacer un viaje largo y selecto, pues ya se lo decía su señora madre: "Romualdito, hijo, tú vales más que todas las muchachas del pueblo juntas; tú eres descendiente de la saga de los Romualdos, que se remontan a la pata del Cid y tienes un pasar, Romualdo, no te engorrinees con ninguna". Así le iba, solterón, barrigón, más bien fofo, atontado y miopito. Pero se fue a Viena con una oferta.


Lo primero que le sucedió en Viena a Romualdo (Romualdito para su avispada señora madre) fue que le mangaron la cartera, nada menos que en el Prater, ahí es nada, el parque más grande y concurrido de la ciudad. Carné, veinte mil duros (que hay que ser tonto para viajar por el mundo con veinte mil duros en la cartera), etc., etc. Como montó en cólera y no sabe alemán, se pasó toda la primera noche en el calabozo por resitencia a la autoridad.


Pero lo que más cuenta, y yo lo sé porque una vez borracho desembuchó, es que ligó en los jardines del Belvedere. Una señorita atractiva, que fumaba en boquilla, bolso elegante, taconazos, etc., etc., etc., se le acerca y le planta conversación. Él se deja querer pensando en el amor ("cuándo lo cuente en el pueblo pongo los dientes largos a la hija de la estanquera"). ¡Ay! Al finalizar el rato, la dulce señorita se expresó en perfecto castellano:


-Son quinientos euros.

18 de agosto de 2011

"La puta del baile"



La estúpida, o evidente, o curiosa manía mía de observar... La mayoría de los pueblos de España celebran sus fiestas en verano, que suele ser la mejor estación para ello; incluso este año, hasta los escritores se quedan en los villorrios (basta leer lo que escriben en los diarios, insulso y aburrido, con la chispa que tienen en invierno), dado que se gastan todo su dinero en whiskys y libros y viajes en invierno firmando libros o dando conferencias o todo ello junto. De tal modo que alguna noche se impone pasar por el baile, que en este siglo XXI es un concierto más o menos pasable de un conjunto local o nacional también más o menos pasable: hay mucha gente que sabe tocar un instrumento y mucha otra que sabe cantar. Yo ni lo uno ni lo otro y bailar...


Una de estas noches me invitaron a ir al concierto y allí me planté. Ya se sabe, en un pueblo mediano todo el mundo se conoce: "he leído tus cuentos y me gustan mucho", te dice alguien; "hacía tiempo que no se te veía, ¿acaso ya no vives aquí?", opina otra persona. Incluso puede ser que se te acerque esa joven muchacha que tanta gracia te hace y te puedas permitir cierta leve conversación para conocerla mientras la invitas a una copa. Te habla sin pudor el sabelotodo: "lo que tienes que hacer es escribir cuentos como el titulado... que son los que mejor se te dan". Aparece también la cotilla: "sí, sí, muy buenos esos cuentos, pero... ¿quién es esa Mamen que los protagoniza?". Por cierto, que ya no los protagoniza, lo cual indica que hace tiempo que no lee.


Pero, lo curioso de la noche en cuestión, es que mientras me relacionaba con la gente, especialmente con el sexo femenino, que para eso es verano, son vacaciones y las mujeres leen más y son mucho más críticas y mucho más exigentes, la descubrí. Mujer de aproximadamente veinticinco años, con un elegante traje negro y unas hermosas piernas; demasiado pintada para esa edad; se fumó dos o tres cajetillas con ese aire de mujer fatal que tanto me gusta del cine: realmente se la notaba nerviosa y fuera de lugar. Acompañaba a un lugareño que le sacaba treinta y tantos años y se notaba que era, evidentemente, una de esas señoritas de compañía que se anuncian en webs selectas y que algunos periodistas han denunciado (y les creo) como prostitución subrepticia. O era eso o metí la pata enjuiciando con solo mirar, pero fue mi apreciación.


La miré y me miró; quizás se dio cuenta que la había calado, quizás no y resultó que prefería el grupo de jóvenes entre quienes me moví aquel rato. No lo sé... me hubiera gustado hablar con ella y poder terminar este relato con una frase del tipo "¿por qué me miras?", o algo así. Pero, de repente, vino otra persona: "¡Oye!, ¿tú escribes teatro, no?".

15 de agosto de 2011

"Bye, bye"



Cuando desperté y comprobé que no estaba, sentí una liberación inmensa.

14 de agosto de 2011

"Mi 18 de Julio"

La mentira es, sin duda, la peor de las traiciones.


El periódico dice lo mismo de cada día desde primavera: asesinatos, huelgas, detenciones, posibles golpes de Estado militares y políticos. Nada nuevo. Llego a casa entrada la tarde y pongo la radio: Una parte del ejército español en el Protectorado de Marruecos se ha levantado en armas contra la República. El gobierno resalta que la situación está controlada. El locutor de Unión Radio parece sereno y firme, es decir, que lo que dice lo dice con confianza. Lo primero que me viene a la cabeza es en dónde estarán mi mujer y mi hija. ¡A estas horas y este calor! Con estas noticias y ellas en la calle... Empiezan a oirse brigadas armadas de milicianos que claman por hacerse con las armas. "Sí, sí; estará controlado, pero esto acojona".


Yo soy de los azules, obvio. Mi padre militar, que hizo carrera en Marruecos con el general Franco y mi madre hija de un ex ministro de Alfonso XIII. Sin embargo, mi mujer, es de izquierdas, o sea, roja. En las últimas elecciones votó por el PSOE mientras yo, sinceramente, y aunque no me sirvió de nada, voté por José Antonio. Hay que tomar partido cuando tu país está en la ruina, cuando parece no haber solución para nada. Nos llevamos bien no obstante. "Pero... ¿dónden están estas mujeres?".


Pasan algunos días, intensos, crueles, criminales. El Cuartel de la Montaña ha caído y en el patio quedaron trescientos cadáveres de los militares sublevados; al atardecer enmudece la calle; por las noches no duerme nadie, intentando que ninguna brigadilla toque en la puerta, pues eso significa que... Suena el timbre... "¿Serán ya ellas?". Por supuesto, mi mujer, con uniforme de miliciana (esta vez de la FAI; no sabía que fuese anarquista). Sonríe, como aquel día que la conocí en el baile de la Dehesa de la Villa; y está muy guapa. No viene con la niña ("¿Donde la habrá dejado?")... Toma aire, se serana, respira; se le salta una lágrima:


-Quedas detenido por fascista. Ven conmigo a la checa de Bellas Artes.


(Versión libre de un hecho real).

13 de agosto de 2011

"Fábula de Sabina"


Para Sabina.
Para Belén.
Para Esther.



Nunca, hasta hoy, imaginé que necesitaba escribir una fábula, con moraleja.


La primera vez que oí hablar de Sabina yo era mucho más joven, un irreverente joven, y ella me pareció la mujer más hermosa del mundo. Lo prometo; y ni siquiera sabía que era checa, que era modelo ni que tenía una página web. No sabía nada de ella, hasta que la encontré por la red solamente teniendo como dato la hermosura de su rostro. Nunca se sabe de dónde nace la musa de un escritor. Sabina nació de la nada.


¿Cuántas veces hemos dejado de dormir bien por amor? ¿Cuántas veces he visto sufrir por amor? ¿Cuántos corazones han sido rotos -incluyendo el mío- por amor? Cuando esto escribo, cuánta gente anda sufriendo de amor... y, sin embargo, no existe una fábula para curar el desamor. Yo sí la tengo.


Belén me preguntó hace unos días si alguna vez me había enamorado de un mito. Lo pensé un rato y le respondí que sí, de Sandra Bullock, cuando era adolescente sin experiencia de nada y no había oído hablar ni de Sabina ni conocía a...


El caso es que si la Fábula de Sabina, como las de Esopo, tiene una moraleja, es sencilla: si te enamoras de un mito, al menos el mito no te hace sufrir.

12 de agosto de 2011

"Silencios agobiantes"



¿A que joden? Pues sí, cuando vas al médico y antes de darte el diagnóstico hay un leve silencio ("qué será; será malo"); o cuando vas a reclamar un examen y el profesor calla mientras busca el tuyo ("verás tú que no lo encuentra, madre mía igual se ha equivocado"); o cuando en Hacienda el funcionario introduce tus datos en el sistema informático ("a ver por dónde me sale este"); o cuando esperas una llamada que no se produce o no llega el sms de respuesta que esperas... Y, bueno, el peor de todos los silencios: el silencio administrativo, ese que significa que el gobierno pasa olímpicamente de ti. ¡Menudo eufemismo!


Ya se sabe, hay silencio, palpitaciones, sube la tensión, se entrecorta la voz; incertidumbre. ¿Es que no saben que el silencio cuando dice es una jodienda?


Yo me dedico a la palabra y, en lengua española, la palabra es una gozada; es uno de los más maravillosos idiomas del planeta, por eso jamás entiendo los silencios; con lo estupendo que es el diálogo (incluso en el siglo XVI había un género literario consistente en el diálogo), aunque este sea absurdo. El sonido, en todo su entusiasmo, es la mejor de las compañías.


Años noventa; noche de verano; silencio absoluto. En la planta baja se oye un ruido estruendoso. "¡Hay ladrones!", y yo, ni corto ni perezoso, bajo a investigar (costumbre mía esa de meter las napias en donde nadie me lo ha pedido) y, para ahuyentar el miedo, sonido:


"Sooooooy un hombre al que la suerte hirió con zarpas de fieraaaaa;

soooooy un novio de la muerte...".


Era un gato que, al entrar en casa por la ventana, rompió algunos adornos.


11 de agosto de 2011

"La choni de Manhattan"



Prometo por mi conciencia y por mi honor que me ponen enfermo las chonis (y sus canis); esas señoritas de prendas ajustadas que transparentan ropa interior negra (qué mal gusto, ¡por Dios!), llenas de piercing, que pronuncian unas palabras con una realmente extraña fonética y con decibelios desfasados en el coche mientras escuchan canciones empalagosas. Sí, lo prometo, me atacan... (advierto que haberme criado en un barrio in de New York City of America no influye).


Debe ser un trauma o la costumbre de las niñas pijas (tan monas y tan conjuntaditas) junto a las que crecí en Manhattan, generalmente chicas como Paris Hilton (que también hay que echarle de comer aparte) de pitiminí... Pero es que el otro día iba yo a comprar el pan (como Francisco Umbral q. e. p. d.) y vi a una muchacha que... (ajjj... ) no sé si relatarlo que es la hora de comer... choni, choni, sin complejos. Poligonera más bien... y tuve que ir a la alergóloga, una doctora seria y monísima del Hospital Universitario Mount Sinaí.


Y encima esos coches tuneados, con el alerón detrás, un altavoz más grande que una paella valenciana, ajjj... que no, que iba por la calle, y la vi, a la choni de Manhattan (porque en Nueva York, aunque yo lo idealice, también hay chonis) y me puse malo. Y entonces me dije, "madre mía, esto con Reagan no pasaba".

10 de agosto de 2011

"Kennedy no murió en Dallas"



Le parecerá raro, señoría, pero el presidente John Kennedy no murió en Dallas: tenía un doble. Yo estuve allí y puedo testificar ante el Gran Jurado que los hechos se desarrollaron tal como yo los cuento ahora. Él lo sabía todo y tomó la decisión de evitar que su vida concluyera antes que el final de su primer mandato: tenía otras pulsiones más fuertes aún que el poder y quería vivir.


¿Que cómo fue? La mañana anterior a viajar a Dallas, un agente de la CIA pidió ver al presidente. Yo tenía turno de guardia en la Casa Blanca y ante el placet del hombre más poderoso del mundo occidental, acompañé al caballero al despacho oval. Una vez allí nos contó el complot, con pelos y señales, los implicados y el por qué. Que si los ricos texanos, que si la guerra de Vietnam, que si el vicepresidente Johnson, que si los republicanos... Zarandajas. Una nueva cara, sonriente, joven, vital (aparentemente) y esa fama de mujeriego no venía bien a algunos intereses. O peor, esos intereses pensaron que los Kennedy iban a estar cien años en la Casa Blanca.


Buscamos un doble. Creímos que lo efectivo era ir a Hollywood y que un actor de esos que hacen escenas arriesgadas suplantara al presidente. Lo hizo magistralmente; yo le hubiera dado un Óscar si hubiese vivido, pero... ustedes lo han visto miles de veces en televisión. Sabíamos lo que ocurriría, donde, cuándo, en qué momento... y todo fue tal cual contó aquel tipo. Kennedy lo presenció por televisión desde su guarida, ya en Canadá, luego viajó a Irlanda y más tarde...


Kennedy está vivo, señoría, y si comparece ante el Gran Jurado van a temblar los cimientos de Whasington, Obama incluido.

9 de agosto de 2011

"Una historia de amor"



Soy yo, ese tipo que una vez dijo en voz alta "el amor no existe y quien lo diga, miente". El mismo que después de leer El amor en tiempos del cólera (Gabriel García Márquez) dijo "yo jamás esperaré eternamente a una mujer". Yo, el mismo que se identifica con Benjamín Expósito (el papel que encarna el actorazo Ricardo Darín en El secreto de sus ojos -soy yo; yo soy también aquel secretario judicial que tardó treinta años en decir "te amo"). Yo, el que en la Facultad ganó una apuesta escribiendo una carta de amor sin estar enamorado. Yo, el que al final posiblemente tenga que tragarse sus propias palabras.


Claro está que cuando yo mismo me metí a filósofo escribí que por encima del amor está la amistad; que la lealtad es una actitud mucho más sublime y universal que el amor; que el cariño y un abrazo son superiores a cualquier amor... Hasta que vi a aquella madre abrazada a su hija cuando por un error judicial la conducían a presidio. Algo cambió en mi y juro que no soy capaz de atisbar el qué.


Esta mañana, después del café, he entrado en una librería. Al acercarme al estante principal apareció El amor en tiempos del cólera, y me he encontrado diciendo lo que rompe toda una profesión de fe filosófica en mí. Y lo peor, o lo mejor, es que pienso sostenerlo.


Sí, te esperaré todo el tiempo que haga falta. La paciencia y el tiempo juegan en mi equipo, no sufras. Yo no soy tan expresivo como para que tú sepas lo que siento, pero ahora sé que eres tú. Quizás halle en el mundo otros brazos, otros besos, otras miradas de cariño; incluso quizás por un tiempo sea feliz sin ti, pero al final sólo tú serás tú, únicamente tú. Sólo a ti te querré. Te prometo que algún día me atreveré a decirte que te quiero y sólo con ello seré feliz, con tu mirada recibiendo mis palabras.


(A ti).

8 de agosto de 2011

"Una copa a las dos de la mañana"



(Si alguna vez me pierdo y decides buscarme, te dije una vez, hazlo en Estados Unidos. No te compliques mucho: entre la nieve de New Hampshire, caminando por Boston o buscando a Paul Auster en Nueva York).



Mi primera semana en Nueva York y en el apartamento, además de mi insomnio y una multitud de cajas aún por colocar, hace un calor espantoso. En la televisión programas nocturnos, tele tiendas y películas en blanco y negro, es decir, nada del otro mundo. A veces es en la noche cuando me vienen a la cabeza los mejores y los peores deseos y, por supuesto, las mejores ideas para plasmarlas en la hoja en blanco. Hablaré con Verizon para que me pongan un ADSL decente y poder conectarme a Internet. Igual te encuentro y todo.


Fue hace unas semanas, en la estación del AVE, que pensé hacer la maleta. Aún no he decidido cómo decírtelo, quizás no me atreva, recuerdo todas las veces que he perdido la oportunidad de declararme a una chica, por ejemplo, o simplemente de querer invitarla a una copa y al final... ensayo frente al espejo y en el momento clave me quedo mudo; y no es el caso para lo demás, o para cuando tengo que dar una clase: entonces fluyen las palabras. En el AVE lo vi claro: donde mis pies me lleven me sentiré de otra manera. También puede ser que si tus ojos se quedan quietos no me atreva y mis pies se queden quietos.


Esta noche el bar está vacío. Ya sabes: uno de esos bares yanquis con la barra enorme, una tele del tres al cuarto encima del mostrador y la camarera de veintitres años sonriendo. Muy mona, pero no le he prestado atención: tengo que desapolillar mi inglés para poder dar las clases en la Universidad y quizás le diga algo fuera de lo normal. No estoy contento pero tenía que hacerlo: te juro que tenía que venirme a los USA. Yo no soy un español típico, yo me quito de enmedio y ya está; salvo que apeles a mi amor propio... entonces Carlos V era una nenaza y aprieto los diente y me digo una y otra vez "con dos cojones, que eres tú y no cualquiera".


La Literatura no está llena de héroes: somos todos antihéroes, como lo fue Don Quijote. Sherlock Holmes nunca atrapó una mujer y Bernie Gunter es un auténtico desastre. La sociedad está llena de gente antiheróica y pocos son los que realmente pasan a la Historia. Churchil prometió "sangre, sudor y lágrimas", nada menos. Yo ya lo dije en el Instituto: saldré un día en la enciclopedia. Sólo me río, porque aún me queda. Pero como soy español... si digo que sí es que sí. Lo verás. Algún crítico sacará tu nombre y dirá... "era su musa". Si yo digo sí, es que sí.


Lo primero que haré aquí en Nueva York, mañana, será comprarme una perrita como la de la foto y le pondré tu nombre. Y si te portas bien, saco un billete y te paso a buscar.


Para Mamen, como siempre.

Para Belén, porque quiero que sea escritora.

Para Rocío y Raquel, porque os lo prometí.

"Cuando fui gamberro"



Pues sí, aunque ahora se me vea como un muchacho formalito que cumple las normas salvo, a veces, los límites de velocidad en la autovía; aunque ahora se me vea como un chico formalito que cumple con su obligación y se hace el tonto; aunque ahora se me vea como un cuentista que sólo habla de mujeres fatales; en su día, en los años noventa, cuando yo iba a un Instituto de renombre en un barrio de renombre fui un gamberro, un absoluto gamberro.


Me hice fan de Sandra Bullock, que entonces era la novia de América (o eso decían) y me veía todas sus películas que, ahora, me parecen un pelín empalagosas y pasteleras. Y me hice fan porque se parecía físicamente a la chica que me gustaba en el Instituto... Sí, Ana y ella tienen un cierto parecido físico. Quince años después ni veo las películas de Sandra Bullock ni sé absolutamente nada de Ana. Eso es lo normal.


Pero mi principal hazaña fue aprobar Latín. Nada, que no conseguía llegar al 5. Hasta que ideé un plan. Como iban a preguntar La Guerra de las Galias de Julio César, me la aprendí de memoria en Latín. Dicho y hecho:


Galia est omnia divisa in partes tres, quarum unam incolunt sun Belgae...

7 de agosto de 2011

"Asumir el riesgo"



No sé si esto es o no es un relato,

de lo que sí tengo certeza es que es verdad.


Me suele ocurrir que cuando tomo una copa duermo mal, entonces sobrevienen fantasmas, dudas y rencores; viejos rencores, que minan mi alma y mi espíritu y me producen un amargo sabor de boca.


¿Hasta cuando debo fingir que no me doy cuenta de sus mentiras? Estoy convencido de que en su firme interior tiene la seguridad de que soy absurdamente estúpido; ahora bien, a un estúpido nunca le darían el carné de detective privado (pienso yo). Sé que me miente y sé que lo hace a conciencia; lo que no sabe, porque nunca lo ha leído, es que el poeta dijo que el premio por el engaño es el olvido. ¡Ay!, ojalá fuera capaz de olvidarme, de que pase pronto el tiempo y todo esto y sus mentiras.


A la gente se le llena la boca con la palabra amistad (que es un sentimiento más hondo, más leal y más pronfundo que el amor, por ejemplo) y no es mas que una pose, una forma de asegurarse la lealtad del otro, por quien jamás van a dar nada.


¿Que cuándo me di cuenta de que me mentía? El primer día.

6 de agosto de 2011

"En el metro"



Hubo una época en la que yo tomaba el metro diariamente para ir a trabajar. Generalmente era la línea cinco, la de color verde, de Madrid. Tenía la costumbre de subir en Núñez de Balboa y bajar, según el día, en Ópera o en la que fuese. La línea cinco es un nervio óptico del metro de Madrid y en donde se viven y, sobre todo, se divisan infinidad de peripecias de la gente. Por las mañanas caras de sueño, carreras para subir al vagón después del silbato; en la noche cierto tufillo a sudorcete y pies sucios; los sábados niñas monas que se bajaban en Alonso Martínez o Gran Vía. Conversaciones...


"¡Joder tía!, es que no puedo más con ella, es una falsa". "No, a Hacienda voy yo, a ti te toca Magistratura y ojito con la secretaria judicial, que es una cabrona". "Te juro que puse eso en el examen, pero me tiene manía: Física no la apruebo ni de coña". "La madre que los parió: pues no que han subido el precio del abono, claro, para vivir ellos". "El sábado tuve bronca con mi suegra; es que, María, no nos deja en paz metiéndose en todo". "Mamá, el sábado voy a la fiesta de Pablo, así que dame diez euros para que le compre algo". "Pero hijo, ¿es que te han hecho la boca las monjas".


Pero lo más raro fue lo que me ocurrió aquella mañana. Me fui de Madrid a vivir a una zona rural y cuando regresé de visita a la ciudad se me ocurrió coger la línea cinco, hasta la Casa del Libro de Gran Vía. Hice mis compras y, de vuelta a casa, oigo sonar un móvil. Miro extraño alrededor, pienso que son alucinaciones, no puede ser que el suburbano de Madrid tenga cobertura. Y el aparato suena que te suena. Me digo a mí mismo: "menudo adelanto, ya tenemos hasta cobertura en la línea cinco".


El móvil que sonaba era el mío.

5 de agosto de 2011

"En las cloacas"



Ahí afuera, aunque no lo parezca, hay un asqueroso mundo podrido con el que tenemos que convivir... No se trata de la pobreza o de las catástrofes naturales de que nos habla el telediario; se trata de toda esa corrupción en la que se ve envuelta gente inocente, mucha gente que perece si habla, chicas engañadas, traficantes que pagan cara la papelina por no perjudicar al capo, mafiosos corruptos detrás de sus gafas de sol que corrompen funcionarios y congresistas. Toda esa mierda que hay que combatir sin piedad, o eso es lo que dice el juramento.


Me presento: soy Mike McBride, agente bocazas de la CIA desde 2002, pero sigo en la brecha porque ninguna de las informaciones que he obtenido ha sido falsa, ninguna. Ninguna de las vigilancias que he realizado ha sido en vano; ninguno de los teléfonos que he pinchado ha dejado de ser suculento; ninguna de las bocas que he abierto con cientos de dólares ha dejado de decir algo interesante.


Y sólo tengo una falta, una única falta. Fue en 2006, en España. Capturamos a un capo que había introducido drogas en algunos Institutos de Nueva Orleans, antes de salir corriendo. Cuando lo atrapé en un hotel de la Costa del Sol me miró sonriente y me dijo: "no me arrepiento". Le tapé la risa de un disparo en la boca.

"Peón de brega"



¿Cuántas veces he sido el peón de brega? ¿Cuántas veces he realizado el trabajo sucio y he salido perdiendo? ¿Cuántas veces he tendido la mano y se me ha quemado? Desde 1955. Os lo voy a contar con todos los datos y entonces entenderéis por qué me fui de aquel sitio y jamás he vuelto a aparecer por allí.


Mary era la muchacha más hermosa de Haverhill, Massachussets, y yo estaba colado por ella. Ella, por el contrario, mantenía una relación oculta con Mike Hollyfield, el hijo rockero de Hollyfield, el dueño de la mina. Los padres de ella no aprobaban aquella relación dispar: chica mona, educacada, independiente y conservadora; él, juerguista, mujeriego y analfabeto profundo que montaba un Cadillac recién comprado. Íbamos juntos al Instituto, pero ella ideó algo que le facilitó la cobertura; yo fui el imbécil peón de brega. Luego, me fui y nunca más se supo.


Quedaba conmigo de vez en cuando, a la vista de todos; eso le daba a Mary una coartada de presunto novio educado, trabajador y de buena familia: el padre lo hubiese aprobado. Cuando nadie la veía quedaba con Mike, a escondidas; el pueblo entero pensaba que yo era el héroe elegido por la muchacha más hermosa. Hasta la noche del 4 de Julio en que los sorprendí juntos al lado de la tienda de comestibles de John Bush Sr.


Esa misma noche abandoné el pueblo rumbo a Nueva York y, ahora que me muero, no me arrepiento.


(Esta historia de 'cuernos' está dedicada a Joaquín Leguina, maestro en las lides del cuento).

2 de agosto de 2011

"Tímida solvencia"



Es muy curioso. Los escritores suelen viajar y se inspiran de esos viajes para construir los retazos de sus historias; la observación es la máxima de quien escribe: eres como un detective público que saca a la luz todos los trapos sucios de todos, pero cambiando el nombre. Después de leer se te agudiza el ingenio, la perspicacia y ves mucho más allá de lo que la gente te permite ver. En definitiva, es como el ejercicio de viajar por el mundo interior de los demás.


Cada mes y medio, más o menos, siento la enorme necesidad de salir corriendo de donde me encuentro; dejar todo cuanto me rodea y me atrapa con sus brazos envenenados y salir corriendo. Me gustó mucho vivir en Estados Unidos y en Praga y en Buenos Aires y en Madrid... hasta que el banco, el divorcio y otros pormenores me obligaron a instalarme en el viejo caserón familiar del pueblo; con la vieja criada limpiando una casa que se cae a trozos, un jardinero que más cura las plantas que las cuida, un perro que no se tiene en pie, una conexión ADSL estúpida y cara y una sobrina que no pasa el día con menos de cien dólares (perdón, euros; la costumbre). Me hubiera gustado mucho salir del paso metiéndome en la cama de Paris Hilton, pero mi sicólogo la calificó suavemente como "ligera de cascos".


Cuando viajo a Madrid a ver a mi editor, un tipo inteligente y dicharachero, suelo dejarme caer por un viejo café del centro, de esos con sabor, que te transportan al inicio del siglo XX. Lo curioso es que el tipo que lo lleva desde hace más de veinte años nunca quiso avanzar, progresar, salir de eso, sino que lo suyo era la tasca. Y siempre me llama la atención, aunque pasen cinco años entre visita y visita, cómo él o su hija Laura recuerdan mi nombre y que lo que prefiero a las nueve de la mañana es un capuccino doble con un poco de chocolate. Eso me gusta, esa tímida solvencia.